CINE

Logan, brutal y salvaje

Hugh Jackman se mete por última vez en la piel de Lobezno en una película crepuscular con demasiada violencia explícita; es la entrega más brutal de la saga.
domingo, 23 de abril de 2017 · 00:00
Alejandro Alegré

Las adaptaciones cinematográficas de cómics han llegado a ser tan ubicuas que, quizá para justificarse o tal vez para asegurar la continuidad del negocio, en Hollywood llevan cierto tiempo tratando de demostrar que en ocasiones esas películas no ofrecen mero escapismo: son relevantes, y merecen ser tomadas en serio.

Ál principio de Logan, Lobezno  se mete en una de sus habituales peleas. La diferencia es que esta vez las cuchillas que le crecen entre los dedos hacen más daño. A uno de sus rivales le atraviesa la cara en primer plano con ellas. Otro pierde un brazo de un tajo. 

Hay sangre por todo. Hay más violencia explícita en esa primera escena que en todas las otras películas protagonizadas por un X-Man juntas. Además de ser la entrega más brutal de la saga, por cierto, también es la más sensiblera.

Ni los chorros de sangre ni el dolor ni la angustia ni el sufrimiento, eso sí, son necesariamente lo que distingue a las buenas películas, y en el caso de Logan en cambio sí parecen ser parte del esfuerzo del director, James Mangold, por dar a la película aires de madurez. Cierto que esos ingredientes encajan en las reflexiones que Lobezno encarna sobre el peaje mental y emocional que la violencia inflige a quien la ejerce, pero no suman nada: el plus de sadismo no contribuye en modo alguno a explorar aquello que atormenta a nuestro héroe.

Porque, por mucho tiempo que haya pasado -la película se sitúa en 2029-, Logan sigue sufriendo. Vive escondido en un almacén en medio del desierto con un anciano profesor, Xavier, que sufre una enfermedad cerebral degenerativa, y con un mutante albino. Logan también está viejo: necesita gafas para leer. También bebe demasiado y, peor aún, directamente de la botella.
 
Está claro que todas las cosas feas que hizo en películas que apenas recordamos -la primera de ellas tiene ya 17 años- han hecho mella.

En este mundo futuro, al parecer, ya no nacen mutantes nuevos, y los viejos están muriendo. Es por eso que nuestro héroe se asusta cuando una niña, Laura, aparece en escena y se acomoda bajo su brazo protector. No es, ojo, una criatura inocente e indefensa: cuando se siente amenazada, se convierte en una fiera en miniatura. Fue creada en un laboratorio en México por una compañía de lo más turbia cuyo objetivo es criar mutantes para convertirlos en armas controlables. Y en concreto, su superpoder físico es idéntico al de Logan, por lo que su vocación es ser la hija que el hombre con la cara llena de pelo nunca tuvo.

A partir de entonces, la película se convierte en la historia más o menos típica de una familia improvisada en fuga. Y mientras atraviesan paisajes deprimidos, los tres inadaptados -Logan, la niña y el abuelo- tratan de funcionar como personajes de western. 

Además de alusiones a la nobleza y el sacrificio, la película toma del más americano de los géneros la voluntad de cuestionar la mitología del héroe. En una escena, Logan coge un tebeo de los X-Men que para la niña representa un rayo de esperanza, y le abre los ojos al respecto: esas historias no son reales. El intento desmitificador es claro pero, puesto que Mangold lo pone al servicio de un relato genérico sobre un lobo solitario que redescubre cómo dejar de serlo una última vez.

En el mismo sentido funciona la abundante violencia. Da igual lo mucho que los efectos de audio enfaticen el salvajismo amplificando el sonido de la sangre que borbotea y la carne desgarrada, porque esas escenas se notan demasiado calculadas como para penetrar en la oscura psique de Lobezno.

Mediada la película, un grupo de inocentes es asesinado de la forma más gratuita y más bestial. El resultado no es trascendente sino sólo desagradable. 

Al final, esta es una película de superhéroes empeñada en demostrar que no es la típica película de superhéroes sino que habla de grandes temas.

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