“Si el Señor me lleva es porque he cumplido una misión aquí”

Familiares y amigos lo describen como un optimista que veía en la muerte una nueva vida y la oportunidad para estar al lado de aquel en quien él creía.
viernes, 15 de julio de 2016 · 00:00
Sergio Mendoza  / La Paz

Rosemarie Sauma estaba ayer en la puerta de la parroquia de los Carmelitas esperando que comenzara la misa para despedir a un amigo de toda la vida: Kemel Aid Nemer. En eso recordó que exactamente hace una semana, un jueves en la mañana, en el velorio de otro compañero, Aid habló de su muerte.

 "Él dijo ‘el momento que me toque yo estoy contento, estoy tranquilo, porque sé que he cumplido lo que el Señor me ha dicho, y si me lleva es porque he cumplido una misión aquí’. Esa misma noche fue el accidente”, contó Rosemarie.
 
Aid falleció la madrugada del pasado martes después de pasar sus últimos días con muerte cerebral. Tenía 49 años. A eso de las 21:00 del jueves 7 de julio cayó tres metros, por las gradas de los baños públicos de la plaza Abaroa. Junto a él fue a parar su hijo de unos 18 años y también Ghilmar Luque, a quien habían confrontado porque supuestamente agredía a su novia.

 Rosemarie contó que Aid no veía en la muerte un motivo de amargura, para él era un nacer de nuevo, esta vez al lado de Dios. "Nos decía que siempre hay que estar listos para el día que el Señor nos llame, porque nadie sabe cuándo nos llegará el momento”, completó Teresa Sauma, otra de sus amigas de años.
 
Por eso les dijo en más de una oportunidad que cuando esto ocurriera nadie se vistiera de negro y el dinero no lo gastaran en flores que se marchitarían en su tumba, que mejor fueran de blanco y los billetes se los dieran a algún pobre para matar su hambre.

 Es difícil romper con las costumbres. La parroquia comenzó a llenarse de gente, muchos vestidos de blanco y otros de negro en señal de luto. Alrededor del ataúd había arreglos florales, tal vez no tantos como se habrían acumulado de no ser por la opinión expresada por Aid.

Kemel y su hermano Joseph perdieron a sus padres cuando aún eran adolescentes. Ambos se esforzaron para salir de una carrera universitaria en la UMSA. El primero se graduó como ingeniero informático y -acorde con sus principios- siempre abogó por el software libre, para que la tecnología esté al alcance de todos.

Por años estuvo comprometido con la parroquia de los Carmelitas, fue catequista y colaboró con decenas de sacerdotes que pasaron por allí. Con su esposa, Gabriela Soleto, formó una familia con cuatro hijos, ninguno pasa de los 22 años.

 Viven en el departamento de un edificio frente a la plaza Abaroa. Desde allí la noche del  jueves escuchó la pelea entre Luque y su enamorada, riña en la que quiso evitar la agresión contra la joven, una acción de buena ciudadanía que le costó la vida y envió a su hijo a una clínica.
  
Los que lo conocieron lo recuerdan optimisa y alegre. Su amigo Pablo Sauma se esforzó para contener las lágrimas cuando pensó que Aid aún estaba con ellos en la misa. "Él estaría ahora sonriendo, diciendo  a todo el mundo que no nos preocupemos, que todo va a estar bien, que Dios nos ama mucho y no hay ningún problema que no se pueda solucionar”.
 
Así, contento, se lo veía en la fotografía que pusieron sobre su ataúd. Detrás, una mujer de cabello cano y abrigo color mostaza leía antes de empezar la misa. Decía que poco interesaba si Kemel sabía los versículos de la Biblia que hablan del buen samaritano, o la parte en la que Jesús dijo: "perdónalos, porque no saben lo que hacen”, que lo que realmente importaba es que él ayudó como ese extranjero de la historia y perdonó como pidió aquel en quien confiaba.
 
 Cuando terminó la ceremonia su hija mayor hizo una venia frente al altar y habló por el micrófono esforzando una sonrisa que a la vez se veía sincera.
 
"A pesar de todo dio la vida por lo que él creía. Sabemos cuánto quería este encuentro y ahora está con él. Mi papá no ha muerto, acaba de nacer. Yo estoy feliz, espero que todos ustedes puedan compartir mi felicidad. Seamos fuertes, no tengamos miedo y a seguir adelante”.

Ocho hombres, la mayoría de blanco, levantaron el ataúd. La muchedumbre se abrió en dos para abrirle paso en las puertas de la parroquia y estallaron los aplausos, una ovación, un reconocimiento para una persona que al menos físicamente ya no estará entre ellos. 
 Afuera, sobre la avenida 20 de Octubre, los dolientes interrumpieron el tráfico y avanzaron a paso lento hacia la plaza Abaroa. Los lavadores de coches se persignaron, algunos transeúntes se detuvieron por minutos. La procesión pasó frente al edificio en el que vivió el fallecido y también frente a los baños en los que cayó con su hijo, y junto a aquel otro joven a quien enfrentaron.
 
"¡Uno, dos, tres!” contaron y los hombres bajaron el ataúd para acomodarlo en la carrocería de un coche fúnebre.
 
Nuevos aplausos, otra ovación. La familia agradeció las buenas palabras, el cariño de la gente y se marcharon rumbo al Cementerio Jardín.
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