Sandra fue esclava sexual de su madre y de una red por 37 años

La mujer de 55 años logró liberarse de un infierno que vivió desde sus ocho años, cuando el vecino de su mamá la violó. Su lucha de por vida es ayudar a otras víctimas.
domingo, 31 de julio de 2016 · 00:00
Daniela Romero / La Paz

 "Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido”, tararea por dentro Sandra Ferrini; recuerda la canción que su papá le hizo escuchar de niña, esa que canta Mercedes Sosa: Palabras para Julia. Mientras más la escucha, se convence de que fue escrita para ella.
 
Sandra tiene 55 años, de los cuales 37 los vivió en boliches de mala muerte, en lenocinios, en casas de hombres que sólo querían ultrajarla, en la calle. Lo que fue su hogar en Uruguay hasta sus ocho años también se convirtió en un infierno, el mismo que le tocó vivir después en Europa. 
 
"De repente un día mi mamá me agarró de la mano y me llevó a la casa de mi vecino, él  me subió a su cuarto, me desvistió, me puso en la cama, yo sentía un dolor horrible, me decía palabras lindas y feas, tenía una sensación asquerosa”, cuenta. 
 
 Los vestidos almidonados que usaba en esa época poco a poco ya no le sentaron bien. La gente la empezó a llamar "la loquita del barrio”. Pues en meses, Sandra había sido abusada por todos los vecinos de su madre a quien pagaban después de sus "servicios”. 
 
La mujer se repartía el dinero con su hermano, quien también abusó de la niña. Entre los dos obligaban al padre de Sandra  a trabajar las 24 horas del día, lo golpeaban y amenazaban. Él no tenía ni idea que su hija era vendida a hombres de todas partes.
 
Cuando Sandra cumplió 14 años su madre le presentó a un muchacho de 15. "Era un ladrón y proxeneta”. Pero ella pensó que estaría mejor con él que con su mamá, así que lo eligió para irse.
 
Un año después recorrieron Paraguay, Brasil y Argentina, países donde el novio la vendía. "A los 28 años me llevó a Europa, me vendía, me rescataba, me vendía, me rescataba”, recuerda. Su madre, desde Uruguay, tenía el control de todo lo que pasaba con su hija.
 
Ella junto a otras muchachas eran máquinas, no eran personas. Debían rendir al máximo, tener buena cara para los "clientes”, no estar con el periodo; de lo contrario eran golpeadas a puñetes y a palos.
 
"Cuando las chicas menstruaban, ellos decían que las máquinas estaban perdiendo aceite. Nos hacían poner esponjas para que nadie se dé cuenta, pero como yo no me las ponía me golpeaban. Yo ya estaba acostumbrada a que me peguen”, narra.
 
"Otros esperan que resistas, que les ayude tu alegría, que les ayude tu canción”, evoca otra vez la misma canción. 
Sandra no podía escapar porque siempre daban con ella. Entonces se convirtió en la salvadora. Ayudar a sus compañeras  a salir fue su objetivo. "Mi papá me decía: ‘vos un día casate con una lucha y vas a ser feliz’, y esta es mi lucha”, sostiene. 
 
Durante los 37 años de tormento, conoció a unas 105 mujeres que eran víctimas de una red de tratantes de al menos 150 personas, ubicadas en diferentes países y con otros nexos.
 
Cuando vivía en Italia, a sus 45 años, sufrió un accidente. Luego de salir de un café con una compañera abordó el coche junto con su proxeneta y un camión les chocó. Sandra quedó con siete fracturas en la cadera, tres en la pelvis, el riñón perforado y con 50 puntos en la cabeza. El diagnóstico médico pronosticó que ya no iba a poder caminar.
 
"La vida es bella, ya verás cómo a pesar de los pesares tendrás amigos, tendrás amor”, canta otra vez la Negra Sosa.
 
En el hospital donde fue internada fue violada por un funcionario. Un día  sus proxenetas la sacaron del lugar, la llevaron a unas plantaciones de maíz, la dejaron todo el día con la advertencia de que en la noche la matarían.
 
Antes de salir, Sandra robó el celular de otro paciente y una vez en el campo llamó a uno de sus "clientes”, un hombre que se había hecho su amigo. Él la rescató de la muerte; hoy es su esposo.
 
Después de otros años entre salir y volver a la esclavitud sexual, ella se liberó de la red, su madre murió, regresó a Uruguay y decidió contar su historia para que otras mujeres no sean víctimas de lo mismo. "Después de todo te quedan traumas, pero lo más importante es la fortaleza”, asegura.
 
Sandra recoge su cabello churco  azabache hacia un lado, se sienta erguida y asegura que sentada en esa silla se la ve más elegante. "Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti, pensando en ti...”, le sigue cantando Sosa.  
 
Sus hijos y la película de su historia

Sandra Ferrini perdió a tres de sus cinco hijos, decesos que le marcaron la vida. Al recordarlos se le quiebra la voz. 
Dos de ellos no lograron nacer porque aún embarazada tenía que "trabajar” por orden de los proxenetas; el tercero supuestamente se quitó la vida, pero Sandra está segura que lo mataron. "Ese día yo hice escapar a una chica, por la noche hablé con mi hijo y estaba bien, no tenía ningún motivo para matarse”.

El cuarto de sus hijos logró vivir con ella. Después de años de haberse liberado de la trata, Sandra llevó a vivir a su hijo y a sus nietos a su casa hasta que hubo un problema por unas fotografías de su historia que repartieron en el colegio de los pequeños. Su hijo se marchó y ya no lo vio más.
 
Y el último de sus hijos vive en Italia, llegó ahí después de que los proxenetas lo secuestraron de las manos de su madre.
 
Tan frágil como un segundo es la película que se rodó en 2014, la cual cuenta la vida de Sandra quien llegó a Bolivia para generar conciencia sobre la trata.


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