A gritos y en la calle, vecinos claman justicia y ayudan a familia de la niña

Esther fue raptada por uno de los inquilinos de su casa, en El Alto, y en dos horas apareció muerta. La madre, familiares y vecinos la enterraron ayer en medio de gritos de dolor e impotencia.
miércoles, 8 de julio de 2020 · 00:04

Página Siete / La Paz

 “Mi hija ha vivido los peores momentos, en dos horas  le ha pasado todo. Quiero justicia  por favor”, dijo Yola Cavillo, la madre de Esther, de nueve años, que murió asfixiada. Su llanto impedía que pudiera hablar con facilidad, pues horas antes un hombre le había arrebatado a su hija mayor, a su compañera de juegos y a su principal apoyo.

  Los vecinos y los familiares de Esther llegaron la noche del lunes hasta la casa donde vivían la pequeña y su familia. En el mismo inmueble vivía el supuesto asesino, Zenón Manzaneda Juchani. Todos alquilan habitaciones.

Los familiares y la gente que conocía a la niña no se movieron de la calle, ubicada en la zona Villa Alemania. Un grupo de vecinos de un barrio cercano   entregó  a la madre de Esther un monto de dinero para ayudarle con los gastos del sepelio.

Los más cercanos habían pasado la noche en el velorio de la pequeña en un tinglado de la zona. Pero ayer, más vecinos se reunieron para marchar por las calles alteñas antes del entierro de Esther.

“Pedimos pena de muerte para el asesino de Esther, pedimos justicia para la niña”, dijo entre sollozos una de las vecinas que llevaba del brazo a la madre de la niña, quien no podía caminar con firmeza.

La madre de la niña reza junto con sus familiares por el descanso de su hija.

Algunos con flores, otros con carteles en la mano con peticiones de justicia y otros con cruces hechas de flores acompañaron a Esther hasta el cementerio de la zona Mercedario, también en la urbe alteña.

Nadie reparó en la pandemia y en las medidas de bioseguridad que deben seguirse;  el cariño  a la niña era más grande, al igual que la rabia e impotencia para pedir incluso hasta pena de muerte para su asesino.

Una vecina no contiene el llanto en el velorio de Esther.

 “Tiene que haber castración o pena de muerte, no puede pasar esto. Los niños están en peligro”, demandó Yola, que caminaba detrás del ataúd blanco de su hija. El domingo la vio por última vez;  la pequeña   ayudaba a cuidar a su hermana de tres años, mientras su mamá se llevaba a su bebé de nueve meses al puesto donde vendía fruta.

Una vez en el cementerio, los varones que cargaban el ataúd hicieron dar tres vueltas al cajón sobre su eje, por la creencia de que así se encontrará al responsable de su muerte.

El ataúd es llevado en hombros por la zona alteña.

Yola tenía tres flores en la mano. En el momento de despedir a su hija se abalanzó al ataúd, no quería desprenderse de Esther y se desvaneció por unos segundos. Dos señoras, que permanecieron a su lado, la ayudaron a levantarse después.

Esther deseaba ser maestra. Decía a su madre que la llevaría a vivir a su casa para que ella dejara de trabajar. “Era noble y cariñosa”, dijo Yola, quien ahora vivirá sólo con el recuerdo de su gran compañera.

Un familiar despide a Esther y pide justicia para la niña.

 

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