Dos jóvenes relatan sus historias marcadas por la explotación

La violencia sexual comercial persiste en el centro de La Paz

El delito victimiza a menores de edad en situación de desprotección. Los más vulnerables son los denominados cleferos que deambulan por las calles.
sábado, 30 de noviembre de 2013 · 21:30
Sergio Mendoza  / La Paz
Dos jóvenes contaron a Página Siete sus testimonios después de ser sometidas  a la violencia sexual comercial en la ciudad de La Paz. Respetando el pedido de anonimato, se protege la identidad de ambas mujeres, testigos cercanos de esta problemática latente en la sociedad boliviana.
 "Mi amiga se entró al alojamiento y el cliente no le quería pagar. Le había amarrado toda su boca para que no grite, sus manos también y con cinturón le había pegado todo su cuerpo  y por todo lado le había violado”, recuerda Pamela, quien en ese entonces tenía 20 años y su compañera 15. "La encontré así porque se tardaba en salir. El administrador nos dijo que la saquemos porque no quería tener problemas con la Policía. Fue en un alojamiento frente a la plaza Eguino”.  
Hoy, Pamela tiene 26 años, hace más de dos que dejó las calles, vive en una habitación con sus dos hijas. Ella cuenta que la violencia sexual comercial en aquel tiempo se daba generalmente en la plaza Alonso de Mendoza, en el casco viejo de la urbe paceña,  que aún persiste.
 En este lugar frecuentaban adultos que buscaban a menores de edad. "Llegaban y preguntaban si hay una chica de 13 o 14 años que está trabajando, le decían ‘esa de ahí nomás’, entonces se iba diciendo ‘yo quiero una changuita’”.
  Hoy en día hay quienes afirman que todavía se realiza esta actividad en el mismo lugar.  Janeth Villanueva, de la Unidad de la Niñez y Adolescencia del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz; Jorge Toledo, coordinador del Proyecto Calle de la Fundación Arcoiris, y otro coordinador de la ciudad de El Alto, que prefirió no dar su nombre, coinciden en ello.
  Sin embargo, el director de la Defensoría Municipal de La Paz, Marcelo Claros,  aseguró que no se tiene información que certifique que se practique la violencia sexual comercial con menores en situación de calle dentro del municipio paceño. "No puedo decir que no haya, pero si tenemos esa información inmediatamente tomaríamos cartas en el asunto”.
Pamela recuerda de aquella época a la denominada  Tyson. Según la describe, una mujer alta y robusta, con cicatrices en el rostro  que cobraba a las muchachas por trabajar en lo que ella consideraba su territorio. "Ella sabía cuánto tiempo estabas con algún cliente, los dueños de los alojamientos le informaban, y por cada 30 bolivianos que ganabas, por 15 minutos, le tenías que pagar 10”.
 Tyson salió de la cárcel con libertad condicional y sigue operando, cuenta Pamela, quien afirma  que sus dominios se extienden hasta el interior del Penal de San Pedro, donde algunas mujeres que consumen inhalantes acuden los días de visita para ofertar servicios sexuales.
  "No sé bien de eso pero  algo he escuchado, que ganan 50 bolivianos por 30 minutos”, dice Ramona, de 27 años, quien también conoció de cerca la vida en la calle.
A sus 13 años salió de su casa, donde vivía con su madre y su padrastro, por problemas que tenía con este último. Entonces empezó a frecuentar a otros menores de edad en su misma situación por la avenida Buenos Aires.
En una ocasión, a esa misma edad, un hombre se le acercó y le ofreció  100 bolivianos, ella no accedió, luego  150, "me asusté, me fui, sentía cosas que un extraño me tocara”.
Pero Ramona dice que la necesidad apremia. En su memoria permanece la primera vez que tuvo que robar. Fue un día en que estaba con su amiga en una discoteca consumiendo bebidas alcohólicas, salieron y se les acercó un hombre borracho. "‘Mamitas’, nos dijo y mi amiga quería que nos invite trago, entonces le siguió la corriente y el borracho abrió su billetera y nos mostró lleno de billetes, entonces nos miramos y ella le puso tranca y ahí mismo le hemos quitado y nos hemos escapado, le agarró a mi amiga y yo le tiré  con una piedra para que la suelte”.
Ramona dice que después de eso se sintió culpable, empezó a temblar y lagrimeó; pero con el tiempo eso fue pasando.
Otra noche, cuando ella tenía 15 años, caminaba con su amiga por el centro de la ciudad de La Paz. Su amiga intentaba convencerla de que se amanecieran caminando, pero Ramona decía que mejor se fueran a un alojamiento y se dividieran el costo para pagar el hospedaje.
 "No quería, me dijo que ella conseguiría plata y se acercó a un taxi que le tocó bocina. Parecía que ya se conocían y nos subimos las dos. Nos llevó lejos, a un cerro y mi amiga me dijo que me bajara un rato para que ella hiciera pieza. Yo ya empezaba a entender y me bajé. Al rato mi amiga gritó y cuando me dí la vuelta se la llevó el chofer. Me fui caminando hasta la Pérez, comí una hamburguesa y apareció mi amiga llorando. La abusaron, no le pagaron y la botaron”, relata la mujer.
 Ambas mujeres entrevistadas por este medio afirman que no se debe juzgar a nadie. Dicen que sus compañeras ofrecen un servicio sexual y son forzadas por necesidad, por conseguir dinero. "Algunos piensan que es por placer, pero no es así, es por la necesidad”, dijo Pamela.
 Años después de estas experiencias Ramona, quien hoy vive en un cuarto con su hijo, reflexiona sobre todos los riesgos que conlleva  vivir  en la  calle.
 "No hay lado positivo. Se habla de libertad, pero hay veces que con la libertad crees que puedes hacer lo que quieras, pero al final todo lo que haces no es nada. La calle nos lleva a la tumba”.

Confidencial

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