La iglesia cristiana Monte de Oración asistió a 3.000 personas

Devuelven abrigo y dignidad a indigentes durante un día

Mujeres, hombres y niños recibieron aseo, ropa limpia, una sesión de peluquería, atención médica y un plato de picana, gracias a más de 200 voluntarios.
viernes, 27 de diciembre de 2013 · 23:49
Natalia Ramos /  La Paz
 "Son los ignorados de la sociedad, pero hoy  (ayer) hemos logrado que sean  visibles”.  Ése es el objetivo que persigue la campaña El Buen Samaritano, que  ayer se encargó de atender las necesidades básicas de más de 3.000 personas que viven en la calle.
Así lo explica Henry Alarcón, pastor de la iglesia cristiana Monte de Oración, que organiza desde hace 11 años esta actividad en época navideña. La jornada se inicia con el traslado   hasta la sede de la Iglesia, en la avenida Montes 466, de  las personas indigentes de La Paz y El Alto, incluyendo a las que tienen problemas de alcohol y drogas.
Desde primera hora de la mañana se organizan  largas filas para acceder al recinto donde les espera, por orden, un buen aseo, ropa limpia, una sesión de peluquería, atención médica, un plato de tradicional  picana y una charla sobre la oportunidad de rehabilitar sus vidas basándose en la oración y en la fe cristiana.
Más de 200 personas trabajan durante todo el día para que todo esté listo. Las cocineras voluntarias han amanecido prácticamente entre los calderos gigantes porque "todo lo hacemos con mucha fe y amor”.
   Un escuadrón del Ejército supervisa que todo transcurra según lo previsto dentro y fuera de la sede. Mientras esperan para entrar se escucha entre el tumulto que alguien grita: "¡Se están colando!”. Son grupos de hombres aparentemente en estado de ebriedad que pronto vuelven a la calma por la   presencia de los efectivos de seguridad.
Las mujeres, en cambio, están pendientes de sus wawas, de la ropa de abrigo y la comida que puedan adquirir para su sustento. Mientras esperan se reparten algunos de estos productos.
Marta Mamani tiene 36 años y cinco hijos de entre dos y  14 años, que debe cuidar ella sola porque el padre desapareció. Por eso tiene muy poco tiempo para trabajar lavando ropa, a ocho pesos la docena. Con mucha suerte consigue 350 bolivianos para poder pagar el alquiler de una habitación en Alto Obrajes.
     Adela no ha tenido  tanta fortuna. A sus  50 años no recuerda haber vivido en otro lugar que no sea la calle, con el agravante de que  la historia no tiene un final feliz. Ahora vive con su hija y su nieta  en la Terminal de Buses. La casa siempre a cuestas, porque aseguran que incluso cuando han querido alquilar un cuarto se han sentido discriminadas. "Trabajamos como lustrabotas y por eso no nos han querido alquilar”, detalla Adela.
   Sentada con su picana entre  las manos, Sonia Beltrán, de 58 años,  ya está en la última fase de la campaña. Pero aún siente la necesidad de que le hagan el favor de  regalarle unos zapatos. "Los que tengo los alcé de la basura y están rotos”, reclama a uno de los pastores encargados.
Ella es  de Santa Cruz, adonde quiere volver "cuando reúna platita”. Vende botellas de plástico desechables y con lo que gana tiene para una comida de tres pesos al día. Se aloja temporalmente en la casa de una señora.  Pero su historia aún se vuelve más trágica: "El médico me ha dicho que tengo cáncer y no puedo comprar los medicamentos”.

 El mejor de los finales de esta campaña solidaria es llevar a las personas que así lo solicitan a sus casas o a programas de rehabilitación, lo que ocurre en algunos casos, pocos casos.

"No hay políticas para apoyarles”

 "Es como si no existieran las personas que están en la calle  y lo han perdido todo, no hay planes ni políticas para apoyarlos”, lamenta el pastor Efraín Alarcón.
Aunque hay instituciones que trabajan para su reinserción -según añade-, "el problema es que todas están en la ciudad. Creo que es mejor un lugar  de rehabilitación que esté lejos, fuera del entorno habitual del afectado”.

"Quiero salir de la calle y ahorrar para una casa”

Reina Carrasco está agradecida. "En la calle sufrimos  con el frío y aquí nos dan ropa de abrigo, aunque sea un día al año”, dice. Tiene 19 años y vive debajo de un puente, con sus hermanos y  primos, desde hace seis años, cuando  no pudieron pagar un alquiler y "nos quitaron el huertito que teníamos”.
Hace un año y medio tuvo a su  hijo. Confiesa que dejó la adicción al alcohol desde que  quedó embarazada. Su madre la abandonó hace 15 años. Agradece a su abuelita que la haya acercado a la iglesia porque "gracias a Dios no nos falta el pan”.
Tiene planes para el futuro: "Quiero salir de la calle, estoy ahorrando dinerito para irme a vivir con mis hermanos y mis primos a un hogar. Nos ayudan las hermanitas, que nos dicen que no nos echemos a perder, que no consumamos alcohol y clefa, que vayamos por el buen camino y  nos acerquemos a Dios”.
Aunque ahora Reina trabaja vendiendo dulces, le gustaría ser abogada "para ayudar a las personas que no tienen nada”. Su mayor deseo es tener una casa grande "para llevarme a todos mis amigos que están en la calle”, sueña, y lamenta haber visto morir a dos de ellos por congelamiento debajo de un puente.

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