Con morenadas, huayños y valses despiden a las almas

Según creencias, en Todos Santos las almas bajan del cielo a la tierra para acompañar a sus familiares por 24 horas. Ayer se fueron en medio de oraciones.
jueves, 3 de noviembre de 2016 · 02:00
Verónica Zapana S.  / La Paz

Al pie de la  tumba de doña Martha Cuya, ubicada en el Cementerio General, ayer se armó un altar con una variedad de masitas y frutas para dar como ofrenda  a los reziris. Alrededor  de él sus hijos escuchaban  huayños que tocaba el grupo de qantus que contrataron para despedir a su madre. 

"A mi mamá le gustaba bailar huayños, por eso la despedimos con música. 
Queremos que se vaya contenta y sin penas”, dijo  Marcelo, uno de los cuatro hijos que tímidamente comenzó a bailar en el camposanto.

La música contagiaba  -a los cientos de asistentes al Cementerio General- las ganas de bailar. Otras personas que pasaban por  ese sector comenzaban a tararear las canciones. 
"Un corazón como el mío, nunca has de encontrar, por más que ares la tierra, nunca has de encontrar”, decía la canción. 

Ese  camposanto  en el que cotidianamente se escucha llanto y dolor por la pérdida de  seres queridos, ayer, en el día de la despedida de las almas,  recibió a grupos musicales como qantus, mariachis y bandas para que los miles de asistentes "despachen” a las almas  con huayños, valses y morenadas.

"A mi papá le gustaba la morenada, bailó por más de ocho años en el Gran Poder”, decía don Simón, quien junto con  su familia imitaba los pasos de su padre.

Según la tradición boliviana, el 1 de noviembre,  las almas bajan del cielo a la tierra para visitar a sus familiares , quienes  los reciben con mesas llenas de  panes, t’anta wawas, dulces, frutas y con la bebida y comida que le gustaba  al difunto.

Esas almas acompañan 24 horas a la familia, por eso  al mediodía del 2 de noviembre los despiden con rezos, oraciones y cantos de otras personas a cambio de un plato lleno de pan, frutas, comida y bebida.

Por lo general, ese intercambio lo hacen en el cementerio o sus alrededores, en plazas o en sus mismas casas.

"Te lo rezaré”, decía doña Filomena a los que presurosos armaban  altares de pan y frutas en los jardines del Cementerio. "Ya rezámelo para mi mamá María”, respondió doña Maruja, quien tras tres oraciones entregó un plato con mucho pan y fruta.
   
Don Eloy Ticona  afirmó que ésta es una tradición que se hereda a los hijos. "A mí mis papás me enseñaron a recibir y despachar a las almas, y yo estoy haciendo lo mismo con  mis hijas”.
Explicó que por eso las llevó al Cementerio para que ambas ayuden a la familia a repartir los panes a los reziris. "Ellas tienen que saber que entre este par de días hay un encuentro entre los seres del más allá con nosotros y que debemos esperarlos y despacharlos con alegría y respeto”.

Mientras esa familia refuerza la tradición de la fiesta de Todos Santos, los parientes de Isabel,  que falleció hace tres años, escuchan a los mariachis tocar  el vals con el que la recuerdan, Sandunga. "Le encantaba”, dijo su hijo. 
 
Reziris oran hasta para 12 almas por una t’anta wawa
 
 
Los reziris cuentan que para obtener una t’anta wawa como recompensa por los rezos se debe elevar oraciones para  seis o 12 almas.

"Ahora he rezado para seis almas, por eso me han dado  mi t’anta wawa”, dice don Dionicio Mamani  mientras muestra  orgulloso su pan con la figura de una mujer de pollera  que medía un metro de altura.

Afirmó que ésa no fue la única t’anta wawa que recibió por sus oraciones. "Tengo tres”, dijo y aseguró que ese tipo de  panes "tienen un sabor especial”  y son de mucha duración.

  "Estos panes me van a aguantar al menos un mes. En ese tiempo no voy a ir a comprarme pan y ahorraré un poco para ir al médico, porque tengo reumatismo”, añadió el hombre de 78 años.
Con él coincidió doña María,  quien comentó que para ellos, tener una t’anta wawa es como un trofeo, porque algunos te la dan por rezar bien o por  hacer varias oraciones. "A mí me han dado varios. En uno de ellos porque recé para 12 almas y a otros les gustó cómo rezo”, dijo.

 La mujer, que presurosa escogía y separaba el pan de las frutas y pasank’allas, almacenaba en cuatro gangochos todo lo que recolectó. "Tengo varios nietos a quienes alimentar. Mis hijos no están, se han ido  y me dejaron a sus wawas. Yo no tengo plata para mantenerlos. Con esto voy a poder darles por lo menos pancito”, dijo la mujer que alistaba su bolsa para ir a  rezar.  

"Sacudir manteles” ayuda a que el alma se vaya tranquila
 
Son las 11:45 del 2 de noviembre y la familia Ríos agiliza sus preparativos para "desatar” la mesa que se armó día antes para recibir a  doña Rufina Velazco, que falleció hace tres años.

"Yo no puedo desatar, porque soy hijo. Se dice que si los familiares desatan (el altar) el alma se lleva a otro familiar”, cuenta don Gregorio, quien afirma que por eso rogó a sus compadres para que hagan ese trabajo.

Tras colocar un plato de sajta de pollo, gelatina y un vaso de agua en la mesa, los asistentes rezaron antes de despachar al alma, como tradicionalmente se lo hace. "Colocamos los platos que le gustan a mi mamá para que se vaya bien alimentada y contenta”, afirma don Gregorio.  

"Tenemos que desatar rápido, porque a ese ritmo se irá el alma de la difunta”, dice su comadre, doña María, mientras recoge todos los frutos y panes que están expuestos en la mesa.

Son las 12:00 y en  ese momento, un montón de naranjas se caen de la mesa. "No pues, no te vayas renegando”, dicen  con voz alta los asistentes, mientras    recomiendan  al alma que ayude a la familia en lo que pueda y que no "se enoje”.

  Los compadres que levantan el altar  sostienen   los manteles negros que están sobre la mesa, los sacuden  con mucha fuerza e incluso los riegan con un poco de agua. 

"Se hace esto, porque así apresuramos su recorrido hacia el paraíso y  hacemos que el alma se vaya tranquila. De lo contrario se quedará y sufrirá en la tierra”, afirmó una de las asistentes, Mery Carvajal, mientras ayudaba y contaba esa tradición.

En tanto, doña María también comenta que otra de las tradiciones es levantar la mesa del lugar y acomodarla en otro lado, pero volteada. "Eso le indica al alma que sus seres queridos están contentos con su llegada, pero también felices por su partida”.

  La familia contó que es necesario seguir con esas tradiciones, porque de lo contrario, el alma va llevando a un miembro de los parientes cada año.

 La esposa de don Gregorio,  Juana Bautista, recuerda que muchas veces el alma también muestra su enojo porque los familiares no los reciben con mucha fe. "La comida fermentada, el pan quemado o a medio cocer son signo de que el alma está enojada”, afirma.

 Por ello recomienda a la gente realizar esta tradición con mucha fe, porque si ocurre una de esas cosas, significa que alguien de la familia acompañará al alma para el siguiente año. "Son creencias con las que no se juega”, asegura.

Tras ese breve momento, la familia se alista y prepara las canastas y cajas, llenas de fruta para llevarla a la plaza más cercana a su domicilio y hacer rezar. 
 
 
 
 

 
 

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