Patricia partió a la marcha por ella, su hermana y su madre

“El bono no me va a mantener, pero me va a ayudar por lo menos a comprar parte de la medicina que necesito para dejar atrás eso que me atormenta”.
domingo, 17 de abril de 2016 · 00:00
Leny Chuquimia /  Patacamaya

Sentada dentro una carpa azul,   Patricia Salazar mira fijamente una manta café, la acaricia y a momentos  llora. Su actitud es nerviosa y confunde a los médicos que atienden  a María Inés, su amiga, que bajo la manta que  cuida celosamente  lleva horas sin despertar.

Patricia y  María llegaron  a Patacamaya la noche del jueves junto a la caravana de personas con discapacidad que exigen un bono  de 500 bolivianos mensuales. Desde su llegada, María  se acostó a dormir sin abrir los ojos más que para recibir e ingerir  algún medicamento.

"Es mi amiga, la quiero mucho porque me hace recuerdo a mi hermanita, que también sufre discapacidad. Mi pobre madre lidia con ella y conmigo, por ellas y por mí he salido en la marcha”, cuenta Patricia.

Entre ese sueño pesado, a momentos, María balbucea algunas cosas a los médicos   que se le acercan. Les dice que  en la rodilla tiene una herida que no para de emanar líquidos mezclados con sangre. Que usa una silla de ruedas desde hace años, pero que es jugadora de basquetbol. Que nunca se había sentido tan decaída como ahora.
 
Al verla, Patricia llora y a veces ríe pero aun así su rostro es inexpresivo, como si tuviera una mascara de rasgos jóvenes pero duros que cubre su verdadera personalidad. ¿Usted sueña?, pregunta desviando la atención que ponía a su compañera.

"Yo pasé toda mi vida durmiendo, sin soñar o sin saber si sueño o me despierto. Las medicinas  me duermen y sólo despierto para ir a comer. Luego vuelvo a la cama para entrar en ese mundo del que uno  ya no sale”, explica  sin dejar de mirarme  fijamente.

A pesar de que lo intenta, no logra precisar el año que le diagnosticaron la esquizofrenia. Sin embargo, sí puede dar un detalle exacto de la lista de medicamentos que toma a diario, los precios, los horarios, los efectos, los días que no los ha tomado porque no le alcanzó el dinero y los medicamentos con los que trató de reemplazarlos. Largactil,  akineton,  relazepan son algunos.

"Cuando me internan por día debo pagar 450 bolivianos, además que al salir mi madre no puede despegarse de mí. Y entonces tiene que arreglárselas para ver también a mi hermanita”, dice.

En la puerta de su carpa hay una silla de ruedas que ella mantiene cerca y no deja que nadie la toque porque le pertenece a su amiga. "Levantate, vamos al mercado o a pasear”, le dice a María sin obtener respuesta, pero aun así no se levanta de su lado.

Patricia forma parte del 25% de la población que hasta 2014 -según datos presentados ese año por el Ministerio de Salud- sufría o sufrió algún trastorno   mental. Entre ellos la esquizofrenia es la más común, seguida de la depresión, la epilepsia, anorexia y el alcoholismo.

Su discapacidad -al igual que la discapacidad auditiva, del habla o visual- es la menos visible, lo que la hace   aún más vulnerable,  como al resto de ese grupo.

El 20 de marzo, Carlos Llano, un joven de 32 años diagnosticado con esquizofrenia, fue linchado y quemado vivo en El Alto, luego que los vecinos lo confundieron con un delincuente. En su delirio, él caminaba  a Copacabana en busca de su  madre, que años antes falleció, y la esposa e hijos que creía tener.   

"A nosotros no nos creen que estamos enfermos y que necesitamos ayuda, que no podemos  trabajar o llevar una vida normal. Para nosotros ese bono  será una ayuda para vivir de alguna manera con dignidad”, dice Patricia,  consciente de su estado.

El 7 de abril, Patricia  escuchó que la "caravana de los discas” llegaba a Caracollo, a pocos kilómetros de Oruro, su ciudad de origen. "Entonces salimos con María para alcanzarlos”.

La decisión no fue fácil, "pero ninguna lucha lo es”. "Algunos a nombre de nosotros han pactado en las mesas de trabajo. Nos han traicionado y no podíamos quedarnos callados”, argumenta.

La decisión, con algo de miedo, fue tomada y en menos de una hora  dejó a su madre y su hermana en casa y por primer vez salió sola.   "Mi madre vive en carne propia  esta situación. Por eso he salido, por mi mamá, mi hermana, por mí y por cada persona con discapacidad”, asegura.

Al despedirnos pregunta: "¿por qué nos hacen esto?, ¿por qué nos traicionaron nuestros mismos  compañeros?, ¿por qué a mí me pasó esta enfermedad?”.

Su mirada vuelve a perderse y añade: "Si me deja, quiero hacer un llamado a todos los que son como yo: vengan a acompañarnos, acá serán bienvenidos”.

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