Por tu silla de ruedas, Florentina

Dicen que algunos son “infiltrados ”, que responden a intereses. Acá la historia de Florentina, que llegó desde Patacamaya en busca de una silla de ruedas.
lunes, 2 de mayo de 2016 · 00:00
Isabel Mercado  /  La Paz

Florentina, sentada en una silla de ruedas que no es suya, sonríe a la cámara. Aprieta los labios para esconder la ausencia de dientes y se acomoda el cabello con las manos. "Ahora sí”, dice después de haberlo repasado varias veces con los dedos y acomodarse las trenzas. "Soy de pollera”, aclara al hacerlo y acaba el ritual de coquetería buscando entre las ropas con las que se cubre las piernas,  una mantita lila a cuadros blancos que se coloca sobre los hombros. "Estás linda”, le digo y click. 

Hemos charlado largamente. Es difícil hacerlo porque sus compañeros no están de brazos cruzados, más bien tienen sangre en los brazos porque decidieron extraérsela para escribir carteles dirigidos al Presidente. "Por mi hija”, dice uno. "Rechazamos el preacuerdo firmado por los marionetas del Gobierno”, dice otro. Y son más.
 
Hemos charlado interrumpidos ocasionalmente por niños que llegan a ofrecer comida. "¿Quieres un jugo, quieres un plátano?”, preguntan. Y Florentina quiere y acepta todo, pero  luego confiesa que se antoja una sopita y no "tanto pan y plátano”. En fin.
 
Florentina tiene 38 años que parecen fácilmente 50 y tantos, y lleva consigo una parálisis de la cintura para abajo desde su nacimiento. Tiene además diabetes y desde hace algunos años, epilepsia. 
 
Es huérfana. Del padre desde siempre, de la mamá a los pocos años de vida. Pero ha adoptado un hijo que ahora tiene 18 años y cuenta varios hermanos. El hijo vive en Santa Cruz, "tiene que buscar su camino y su trabajo, ¿qué va a hacer conmigo?”, se pregunta y comenta que "siempre la llama y le pide que se cuide”. Los hermanos "hacen su vida y tienen sus familias”, aunque de vez en cuando le regalan "20 pesitos” para su taxi. 
 
Florentina tiene que andar en taxi porque no tiene silla de ruedas, ni siquiera muletas. Y necesita el taxi porque frecuentemente debe acudir al hospital. 
 
Ahora, mientras conversamos, está sentada en una silla de ruedas que comparte con una niña que descansa dentro de una carpa. "Cuando me uní a la marcha me dijeron que me iban a dar una silla de ruedas; es lo que más quisiera. Aunque sea unas muletas para moverme mejor”.
 
Florentina ha aprendido, sin embargo, a movilizarse sin lo básico para una persona en su condición. Incluso a trabajar. Ha dejado hace varios años su natal Jesús de Machaca y vive en Patacamaya. "Allí puedo venderme (pasancallas) porque llega harta gente y lavo pisos (…) vidrios no puedo lavar”.
 
"Con el bono (de 1.000 bolivianos anuales), ¿qué podemos hacer? Al menos con 500 por mes podríamos comprar medicamentos. Movilizarnos nosotros mismos. Hasta para tomar un taxi me tengo que rogar. ‘¿No tienes quién te ayude?’, me dicen los taxistas cuando quiero subir”.
 
Al lado de Florentina está William, el cambita. Es de Pailón, cerca a Cotoca (Santa Cruz). Se ufana de haberse hecho famoso por llegar cargando una cruz desde su pueblo. "Me han sacado fotos, pero después los pacos (policías) me la han quitado y la han quebrado”, se lamenta. 
 
Cuenta que se unió a la marcha porque cuando se enteró de la demanda de un bono de 500 bolivianos construyó una cruz y se paseó por Pailón con ella. "Allí me dijeron que luche y que llegue hasta La Paz para ayudar a otros que hay en mi pueblo abandonados. Se los prometí”, relata.
 
William tiene 30 años, tuvo un accidente que lo dejó con un brazo y una pierna inmovilizados. "Soy el hombre de cobre”, dice y señala su cabeza en la que tiene, al igual que en la pierna y brazo, una placa de metal. "Esto me hace fuerte y voy a volver a la marcha con mi cruz”.

Los intereses y los interesados 
 
¿Qué intereses tienen? La pregunta cae, desubicada, como un balde de agua helada para un grupo de estudiantes de la UMSA que intentan hacer llegar talegas con ropa y vituallas a la  vigilia instalada a una cuadra de la plaza Murillo. La formula un joven oficial de la Policía que luego es interpelado por varias personas que están visitando/ayudando/asistiendo/viendo al cerca de un centenar de personas con diferentes tipos de discapacidad que se encuentran unos al interior de carpas y otros a la intemperie, sentados o echados sobre cartones, ropa, algunos colchones, o sobre el asfalto.
 
"Sí, tengo interés porque soy un ciudadano con derechos”, responde, entre otros, un señor. "Vamos a dejar de venir cuando ustedes dejen de mojarlos y maltratarlos”, dice una de las jóvenes estudiantes.
 
Pero, el oficial -que después de tal recibimiento a su pregunta, calla visiblemente incómodo- tiene razón: hay muchos intereses en este lugar y en este conflicto.
 
Los discapacitados -como se los llama en una generalización no siempre correcta que se ha hecho común- responden a diversos intereses.
 
El mayor de ellos es el de recibir ayuda. Cualquiera sea. Amontonados están los restos de comida, la ropa, las medicinas y los pañales. La solidaridad llega a cuentagotas, pero no se detiene y ellos se pelean por recibirla. Aunque no la usen de inmediato.
 
La mendicidad está en su código genético, junto con sus dolencias. Están unidos en el propósito de recibir, pero es ese mismo propósito el que también los separa y hasta los confronta.
 
"Muchos ya se han ido, se han cansado”, dice Florentina. Otros, que tienen quién los ayude o que se pueden mover con más facilidad se van a la plaza  San Francisco, "porque allá hay más carpas y más gente lleva ayuda”.
 
Hay los que se unen a una u otra facción de las dirigencias, o los que se acercan al Gobierno que busca con quién pactar. 
 
También hay intereses en los que ayudan. Los que van como buenos samaritanos y prestan valiosa asistencia: desde curar heridas, proveer comida y medicamentos, y calmar los ánimos, muchos al borde de la desesperación.
 
Los que van a pasear y llevar "alguito”. Los que van a informar, y denuncian estar siendo hostigados y fotografiados, quien sabe con qué fines. Los que juzgan, los que juzgan a los que juzgan… Incluso hay intereses en los que no van: las autoridades que a una cuadra del lugar no saben aún cómo salir del entuerto.
 
Mendicidad versus solidaridad. Desamparo versus indolencia. Esperanza versus frustración. El menú de intereses y emociones es amplio y diverso. El tiempo parece haberse detenido en esta estampa de pobreza y contradicciones.
 
"¿Tú crees que nos den el bono?”, pregunta Florentina. La miro y sólo alcanzo a prometerle  volver y traerle   sopita.

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