Bosquecillo de Pura Pura, el refugio de duendes y tesoros

Traviesos, celosos y captores de niños pequeños, así los describen las leyendas a los pequeños hombrecitos con cuerpo de niño y rostro de anciano.
domingo, 29 de octubre de 2017 · 01:00
Leny Chuquimia /  La Paz 
 
En medio del bosquecillo de Pura Pura, una casa vieja y abandonada encierra una de las leyendas urbanas más antiguas de La Paz, la existencia de duendes.  "No entrar”, "peligro” son algunas de las advertencias que entre estrellas de cinco puntas, cruces  y otros símbolos recubren las paredes. 
 
"Es bosque y está lleno de manantiales, por eso hay duendes. Hasta su casa tienen. Ahí se llevan a los niños que no están bautizados. Eso dicen porque yo nunca he visto”, comenta entre risas doña Porfi sentada cerca  al puente Ferrobeni.
 
Los vecinos hablan de un tesoro escondido, de crujidos de puertas inexistentes y de pequeños hombrecitos que vigilan que nadie se lleve ni una piedra de su morada. Hablan de  uno en especial, el que a cambio de su libertad  le dio el éxito a  Salvietti.     
 
 
Una casa en medio del bosque
 
El ambiente es frío, oscuro y pesado. El suelo esta regado de botellas de alcohol y vasos de plástico. Las paredes gruesas, de piedra y barro, parecen tragar todo sonido que se emite en su interior. Según algunos   habitantes éstas esconden un tesoro.
 
"Esta es la casa del duende. Así le llaman porque la gente dice que aquí se reúnen. Nosotros no los hemos visto”, señala Claudia Figueroa una de las guarda parques del pulmón  más importante del municipio.
 
La infraestructura está ubicada en medio del área protegida, a unos 20  minutos de caminata  sobre viejas rieles y senderos boscosos. Data de hace más de medio siglo cuando funcionaba el ferrocarril. Era parte de una estación de recarga de carbón y centro de almácigo para los plantines que hoy se han convertido en robustos árboles.
 
 Como recuerdo de aquellos tiempos queda un buzón viejo en la puerta de ingreso y un deposito en   la pared que aún guarda  un sin fin de vasitos de cerámica. Bajo una capa  de  polvo las vasijas parecen nuevas, en muchos años ninguna  ha visto la luz.
 
  "Son sus juguetes de los duendes, ahí los amontonan para esconder entre ellos sus tesoros. Por eso no se pierden, nadie se los lleva, si te lo llevas te sigue hasta tu casa y te hará la vida imposible hasta que  devuelvas de donde has alzado”, asegura Roberto  uno de los indigentes que vive en  el bosquecillo. "No hay que ir por ahí... ni tocar sus cosas, no les gusta”, insiste.
 
Pero hay una explicación. "Estas vasijitas eran para germinar los plantines que usaron los ferroviarios para forestar”, explica Figueroa.
 
 
 El éxito a cambio de libertad
 
"Todos conocen el cuento”, dice doña Porfi y no falta a la verdad. Vecinos, moradores del bosquecillo y guardaparques repiten la historia de Dante Salvietti cada que alguien pregunta sobre los duendes. 
 
"Dicen que en una de sus caminatas por el bosquecillo Dante Salvietti  escuchó un ruido extraño en uno de los matorrales. Al acercarse vio un pequeño hombrecito atrapado. Dicen que era un duende”, relata la guarda parques Andrea Vargas.
 
 Al ver al pequeño ser tan angustiado Salvietti decidió ayudarlo a cambio de una condición. "Le pidió una nueva receta para su fábrica de gaseosas le pidió el secreto de la  Papaya Salvietti. Pero a cambio el duende también le pidió otro favor”, cuenta Vargas. 
 
Dice que para que todos sepan de donde venía el éxito de Salvietti debía poner la imagen del duende en cada botella. Una imagen que permaneció en la etiqueta  hasta 1995 cuando la empresa quebró. No fue hasta hace un par de años que junto al relanzamiento del producto el pequeño duende volvió a aparecer.
 
"Al hablar de este mito, siempre me preguntan si los duendes existen. Respondo que si así fuera yo tendría una  fábrica, pero como ven -con mucho gusto- aún soy  guardaparques”, dice.
 
 
 Toda una ciudad diminuta  en Tarija
 
 En 2003 en las serranías del parque las Barrancas los vecinos encontraron -según ellos- "de la noche a la mañana”  pequeñas edificaciones  de ladrillo y cemento. Consternados, pidieron la  destrucción del lugar pues se trataría de una ciudadela de duendes.  
 
Según algunos reportes de prensa de entonces las hipótesis sobre que fueron hechos por los niños o los jóvenes de las escuelas cercanas fueron negadas por los vigilantes del parque. "No hemos visto a nadie merodear por aquí y las construcciones tienen mucho detalle, así que tuvo que ser hecho en mucho tiempo y ya hubiéramos visto antes”, aseguraron.
 
  El entonces alcalde de Tarija, Óscar Montes, ante los  rumores  y especulaciones afirmó  que la pequeña ciudad no era más que una maqueta. "Es obra de una persona que está  definiendo de qué manera se puede proteger ciertas áreas y ordenar otras”, dijo.
 
En Potosí la historia del duende heredado que habita  La Casona es más que conocida. Aseguran que habita ahí por cuatro generaciones, que le juega bromas a  clientes y propietarios pero que también  es un fiel guardián de la casa.  
 
Santa Cruz, por su exuberante vegetación es otra de las regiones que lleva a este personaje muy enraizado en sus mitos y leyendas. En estas zonas dicen que persiguen a las jovencitas.  
 
 Si bien se les atribuye la fama de seres traviesos y a veces malvados en las culturas andinas estos son parte de los espíritus de la naturaleza. Los aymaras los llaman Uywiris y tienen la misión de cuidar de los animales y la vegetación.
 
 
Zona Sur, antigua tierra de duendes
 
Hace décadas  la Zona Sur de La Paz conservaba su vegetación en bosquecillos alimentados por varios ríos. En ellos, la naturaleza  convivía con las pocas casas que se levantaban.
 
Entre los pocos habitantes se decía que esa era  tierra de duendes. Carla Portugal  vivió su infancia  y adolescencia en esta parte de la urbe. Hasta ahora nunca  los vio pero creció sabiendo de  ellos.    
 
"Veía cómo mi hermana Leandra se sentaba en el patio de la casa y hablaba como lorito. Cuando le preguntábamos ella decía que tenía un amigo viejito y chiquito, que él siempre le decía  que lo acompañe al bosquecillo que había en Bolognia”, relata Carla.
 
No era la única niña que decía ver estos pequeños seres. En Següencoma, algunos vecinos dicen que cuando eran niños los veían  asomarse  por su  camino.
 
"Mi abuelita decía  que  en la casa que tenía por esa zona -cerca de lo que es el campo ferial y antes era el banco agrícola- había un duende que robaba cosas. Todo lo que brilla”, dice.
 
 
A pesar que al principio parecían simples travesuras, con el tiempo los incidentes le causaron preocupación y entonces recordó algo que a su vez le había contado su madre, la bisabuela de Carla. Ruido y suciedad. "Dice que los duendes aborrecen la bulla y el estiercol”.  
 
Esa noche en medio de un escándalo tiró las tapas de las ollas  y con cuchillo en mano gritó: "al que moleste  con este cuchillo le cortare los pies”.  "Después de eso el hombrecito huyó furioso y que nunca mas volvió. Eso era lo que nos decía”.   
 

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