Cumple 100 años Dominga, la última de las pioneras del Lanza

Doña Dominga Mamani es la última de las fundadoras del primer mercado paceño y ejemplo de trabajo para sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos.
domingo, 14 de mayo de 2017 · 00:00
Leny Chuquimia /  La Paz
 
Abrazos, sonrisas y un devenir de recuerdos rodean a doña Dominga Mamani viuda de Muñoz, la última de las fundadoras del  mercado Lanza, el más antiguo de La Paz. Nacida el 10 de mayo de 1917, hace unos días  cumplió 100 años, un siglo de vida que cuatro generaciones de  sus descendientes resumen en trabajo, esfuerzo y amor por su familia. 
 
"He trabajado desde muy joven, mucho me gustaba”, dice doña Dominga sentada en medio de una sala repleta de fotografías. Hay retratos añejos de cumpleaños y bodas de  sus hijos, yernas, nietos, bisnietos y tataranietos. 
 
Cubierta por una mantilla de vicuña  con un topo de oro, luce  trenzas largas y blancas, testigos del paso del tiempo. Sus manos, aún   inquietas, no dejan de ordenar los pliegues de sus polleras, peinar los flecos de su manta o  alisar las fundas de los sillones.
 
La acompaña su yerno Gregorio Mamani,  viudo de Victoria, que fue  la mano derecha de "Domi”  y   la única  mujer de sus cuatro hijos. "La mamá Viky”, como le decían en casa, falleció  hace seis meses.
 
Los hijos  varones de doña Dominga -Wálter, Adolfo y José Luis Muñoz Mamani- radican en España hace  casi 40 años. Cada uno formó una familia, cuyos miembros   sonríen desde retratos colgados en la pared. Para hablar de su centenario   también   acompañan a la cumpleañera sus nietos Patricia y Sergio Mamani, hijos de Victoria y Gregorio. Además de una de sus bisnietas.  
 
"Está muy bien; come de todo y con mucho gusto”, asegura Patricia, quien conserva el  luto y las prendas negras   contrastan con su pelo ya cano. "La comida  con llajuita  y el té dulce, hasta con seis cucharillas de azúcar. Así le gusta”, cuenta.
 
Descendiente de una familia con  una larga tradición de carniceros, Dominga Mamani   empezó a hacerse cargo del negocio cuando su padre partió a la Guerra del Chaco en 1932. Con apenas 15 años, ella ya sabía  dónde se compraba  el ganado, cómo se lo carneaba y el proceso de comercialización de la carne.
 
"Me gustaba el ganado grande no el chiquito, a veces compraba bien y a veces mal. Con mi madre hemos trabajado como los hombres, porque ellos se fueron a la guerra”, relata en aymara.
 
Su nieto y su yerno hacen de traductores y de rato en rato alzan la voz porque doña Dominga  está perdiendo tanto la agudeza del oído como de la vista. Lo que no disminuye  con el tiempo es la lucidez de sus recuerdos. 
 
El fin de la Guerra del Chaco  a "Domi” le devolvió no solo a su padre, sino a su novio José. Casi  inmediatamente después del fin de la contienda se casaron.
 
"Bien hemos andado. Pero de la guerra él llegó enfermo, siempre estábamos de  médico  en médico. Esa era la única pena”, recuerda la señora.
 
La pareja formó su hogar en una casa de la calle Chuquisaca, de la que se fueron años después pues,  por recomendación del médico,  buscaron un lugar con menor altura. "Les dijeron que debían irse a Cochabamba, pero tenían su vida aquí y buscaron una casita por Obrajes”, relata su nieto Sergio. 
 
Dominga se negaba a irse de La Paz,  donde había crecido. En su refugio de Obrajes falleció su esposo después de medio siglo de matrimonio. Aún  le guarda luto en su casa donde ahora vive con su yerno,  la familia de una de sus nietas y con centenares de reliquias de una La Paz añeja.
 
Muebles antiguos, fotografías en blanco y negro de la hoyada, del primer estadio o de la fábrica SAID son parte de un archivo de imágenes invaluable. Pero el tesoro más preciado para la centenaria dama es  una imagen de San Francisco de Asís. Vestido con una túnica guinda, el santo de yeso descansa en el altar especialmente  hecho para el patrono de los carniceros del Lanza. 
 
Y es que antes de la primera construcción del mercado fue el atrio de la iglesia de San Francisco el que por años  albergó a los comerciantes de carne.  La imagen es una herencia de los abuelos de su esposo, también dedicados al rubro.
 
El ingreso de los vendedores paceños a un mercado no ocurrió  sino hasta 1937. A falta de presupuesto por parte del gobierno municipal de turno, los carniceros donaron los cueros del ganado carneado para conseguir los fondos.   Mamani junto a su esposo fue parte activa del proceso. 
 
Con el dinero obtenido para la construcción  ya solo faltaba el nombre. La guerra estaba cercana y  todos los excombatientes habían pertenecido a un regimiento: el Lanza. Y  así bautizaron  al nuevo centro de abasto.
 
 A pesar de su innato espíritu de superación, Dominga   no fue a la escuela en su niñez. No aprendió a leer ni a escribir, pero eso no evitó que se convirtiera en maestra en  los números,   que manejaba en  interminables listas mentales de cuentas, deudas, cobros y pagos.
 
"Es analfabeta, pero siempre nos impresiona como en su mente hace aún hoy todas las cuentas. Sabía  a quién tenía que cobrar o pagar, cuánto y cuándo. Todo, hasta el mínimo detalle estaba en su mente. En su negocio siempre se ajustaron muy bien  las cuentas. Ella  lo administro muy bien  y lo hizo crecer. Su mente era como una libreta interminable”, aseveran Sergio y Gregorio.
 
Doña Dominga aún tiene un puesto en el nuevo mercado Lanza, un laberinto frío de hormigón  al que los comerciantes y compradores aún no se acostumbran del todo. Su puesto ya no es una carnicería. La vendedora que lo ocupa es  una familiar que   se dedica al rubro de abarrotes.
 
"El día que sacaron a las vendedoras para empezar la demolición del antiguo mercado  mi abuela estuvo muy triste”, aseguran sus nietos. Todo ese día  doña Dominga  se la pasó mirando triste el puesto en el que trabajó toda su vida.
 
En 2009, Dominga Mamani fue  galardonada  por el municipio de La Paz   como la última de las fundadoras del mercado Lanza. El reconocimiento le  llegó a la señora de la mano del entonces alcalde   Juan del Granado.     
 
Al muevo edificio del Lanza  Mamani  fue solo una vez para  ch’allar el puesto que le correspondía. Tiempo después  un accidente le obligó a dejar definitivamente su puesto de venta.
 
"Aún estamos de luto, pero no podíamos dejar de celebrar el cumpleaños número 100 de doña Dominga Mamani. De manera éntima, con la familia, con un plato de  comida,  mucho cariño y alegría  por tenerla un año más con nosotros”, dice su  nieta y abraza a la agasajada.  

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