Vicente y Jacinto, guardianes anónimos del lago Titicaca

Ambos reciben un sueldo de 3.000 bolivianos y trabajan con contratos anuales. Solicitan ayuda para acceder a los chequeos médicos.
domingo, 03 de febrero de 2019 · 00:05

Wara Arteaga  / Copacabana

Jacinto y Vicente son quienes se encargan del tratamiento de las aguas servidas de Copacabana, donde se encuentra uno de los  principales atractivos del país: el Titicaca.  Ambos tienen más de 60 años y trabajan en uno de los sectores peor remunerados, más despreciados y, sin embargo, imprescindibles  para  esta ciudad turística.  Ambos también se han convertido en guardianes anónimos del lago sagrado.  

Jacinto Mamani tiene 65 años, es delgado y tiene la piel  tostada. Casi siempre viste un overol color café claro. Masca coca en grandes cantidades para lidiar con los olores de las  aguas servidas de la ciudad. Él trabaja desde hace cinco años en este puesto.

Antes era el único trabajador encargado del tratamiento  las aguas servidas de Copacabana. El 2018   llegó Vicente Calle, un antiguo albañil que dejó el oficio debido a su  avanzada edad y a los dolores que le provocaba cargar mucho peso. Y desde ese entonces  ambos controlan que no ingrese ningún residuo sólido a la planta de tratamiento.   

Controlan  también las cámaras de alcantarilla de Copacabana,  una ciudad de  al menos 20.000 habitantes.

Atienden emergencias sábados, domingos y feriados. Por mucho tiempo se habilitó  un vacante para ayudar a Mamani, pero los jóvenes del lugar sólo  están interesados en el  turismo.

Calle explica que su trabajo “es  pesado” porque  si ingresa un residuo a la  primera cámara, entonces el motor se arruina. Si esto  ocurre,  se tiene que encargar  de sacar y cambiar este equipo. 

“Quisiéramos que por lo menos nos den acceso a  una revisión médica, porque día a día estamos en contacto con este olor”, pidió Mamani. 

La situación de los funcionarios es precaria. Ambos trabajadores no reciben beneficios sociales porque trabajan bajo contrato. Tienen un  sueldo mensual  de 3.000  bolivianos.

“Aquí botan medias, pañales y  toallas higiénicas”, explicó Calle, mostrando la cámara de sedimentación que evita que los residuos sólidos ingresen al primer tanque de agua.

Posteriormente, con el impulso de un motor, el líquido llega hasta la planta de Chapampa, donde las aguas servidas pasan por un proceso de oxigenación con totoras.

 

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