Roboré: un mes de lucha contra el fuego a la espera de un milagro

No sólo hay temor por el fuego, la población vive la incertidumbre sobre lo que le espera después. Los habitantes mantienen las rogativas para recuperar la paz.
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:04

Carolina Méndez / Enviada especial a Roboré

En un mes,  el fuego devoró  800 mil hectáreas de la Chiquitania. Roboré es uno de los municipios más afectados y  se ha convertido en el centro de operaciones para toda la zona de incendios sobre los que hoy vuela el Supertanker. Durante días sus habitantes  rogaron al amanecer por un milagro.

 “Ven y danos confianza, sonrisa que en tu pena floreció, sabiendo que en la duda y las tormentas jamás nos abandona nuestro Dios”,  cantan hasta hoy los pobladores  de Roboré. 


Roboré y su batalla con el fuego

El municipio está ubicado a cinco horas de viaje  de Santa Cruz de la Sierra. Su eslogan es “El paraíso está aquí”, frase que resume sin exageración la majestuosidad de su riqueza natural.

 Posee serranías, bosque seco, pinturas rupestres, cascadas de agua cristalinas y alrededor de 554 especies de aves, mamíferos, reptiles, anfibios y peces. Pertenece a la provincia Chiquitos y tiene 33 comunidades además del pueblo  capital. 

El sol  se esconde entre las nubes de cenizas  y humo que cubren  todo el territorio chiquitano. 
Foto:Gaston Brito / Página Siete

Si bien  17  fueron afectadas directamente por el fuego, las demás no se libran de la contaminación del aire, las cenizas en el agua y por supuesto, del temor profundo de ser alcanzadas por el feroz incendio.

El fuego comenzó hace un mes, de manera simultánea, cerca de las comunidades de Gavetita, San Rafael y Naranjos, ubicadas al este y sur de la capital  Roboré. Ardieron a la par  algunos pastizales sobre la carretera Bioceánica. 

La Alcaldía de Roboré desplazó a voluntarios y combatió la amenaza con precarios equipos. Los guardaparques del Valle de Tucabaca también se movilizaron para cooperar. 

En total eran 20 personas combatiendo la catástrofe. No había cisternas y para transportar el agua  habilitaron dos contenedores que movilizaban  en vehículos. A pesar de los esfuerzos, el desastre los superó y el incendio pasó los límites  municipales.

Sin  tregua  hasta hoy queda la incertidumbre. Las llamas se apagan pero a las horas se reavivan y se expanden con el viento.

 El 12 de agosto el incendio alcanzó hasta el borde de la  laguna Sucuará, reserva de vida silvestre que posee floresta muy sensible al fuego. En ese mismo momento la Alcaldía pidió ayuda a la Quinta División del Ejército y declaró  al municipio como zona de desastre. Las llamas devoraron postes y cables de luz y el pueblo se quedó sin comunicación y sin energía eléctrica por varios días.

           
El Supertanker  fue recibido con esperanza por la gente.
Foto:APG

“Esos días sobrevolamos hasta el río Tucabaca que  colinda con el municipio de El Carmen Rivero Tórrez y ahí los focos de incendio ya eran cientos. Todo estaba descontrolado”, cuenta Iván Quezada, alcalde de Roboré.

Actualmente el municipio contabiliza 59.000  hectáreas devoradas por el fuego en las comunidades de Naranjo, San Lorenzo Nuevo, San Lorenzo Viejo, Aguas Calientes, Yororobá, Sansabá, Aguas Negras, Gavetita, Viri, Quitunuquiña, Santiagoma, San Rafael, Chochís, El Portón, Peniel, Pesoé y La Ramada.

Según la información del municipio hasta el viernes había  cinco  viviendas afectadas por el fuego: dos en Peniel y tres en San Lorenzo Viejo. Los  daños materiales son  parciales,  ya que se pudo socorrer a tiempo. No hay evacuados. Algunas personas fueron trasladadas por horas para protegerlas del fuego pero retornaron a sus casas luego de que se logró mitigar el peligro. 

¿Y después del fuego?

“No es sólo el   fuego  lo que daña a la gente sino todo lo que viene después”, afirma Quezada al hablar del mar de cenizas y  humo espeso que está por todos lados.

“Tenemos un registro de 710 puntos de contaminación en el aire. El extremo grave es de 300, y ya se ha  duplicado con creces. Por eso tuvimos que suspender las clases”, afirma. 

No es necesario ver un medidor de ambiente para saber que lo que dice es cierto. La respiración en la Chiquitania es dificultosa y el ardor en los ojos es la dolencia colectiva.

Súplicas por un milagro

“Suplicamos ayuda internacional, nuestros hombres ya no aguantan. Esto ha superado nuestra capacidad”, grita entre el gentío una vecina de Roboré. “Ya hay niños enfermos, aguas contaminadas y los animales están llegando al pueblo, ¿qué más esperan?”, exclama otra.

La ayuda llega pero la indignación, miedo, impotencia e incertidumbre reinan en el lugar. Los vecinos salen de sus casas y hacen vigilias  y es que  en Roboré ya nada es como antes. 

Desde hace un mes, las súplicas no paran. En sus incesantes rogativas se  aferran  al pedido del único milagro que les devolverá la paz y les hará recobrar el sueño. Una intensa lluvia sobre su territorio. 

Otros depositan su esperanza en ese otro “milagro”, la llegada del avión anunciado como el portador de 75.000 litros de agua para detener el fuego. Urge cualquiera de ambos, 800 mil hectáreas calcinadas son demasiada muerte para llorar.

 

“Todos  a ayudar” 

“Es que el fuego duele demasiado”,  dice Carlos Ragone, secretario general de Roboré. Estima que  un 10%   del municipio se quemó. “Tengo miedo porque el viento puede empeorar la situación y eso arrasaría con todo”, confiesa con dolor.

Las oficinas de la Alcaldía de Roboré están vacías. Todos los funcionarios han dejado el escritorio y han salido a combatir el fuego.

 Con chaquetas y cascos algunos enfrentan a las llamas, mientras  otros preparan la comida para los bomberos. Hay quienes recorren las comunidades con agua y otros cooperan en la logística. El Alcalde es un obrero más en la labor.

“No hay horarios de fin de tareas. Convocamos a las 6:30  y no tenemos hora de regreso”, cuenta Ignacio Sarabia, el director edil de  Desarrollo Productivo.

 

La sequía, la helada y una rogativa por agua

“Ven, y danos la alegría que nace de la fe y del amor, el gozo de las almas que confían en medio del esfuerzo y el dolor”, cantan a unísono alrededor de 70 vecinos de Roboré mientras caminan en procesión por la plaza del pueblo. 

Aún no amanece y la fe se  asoma antes que el sol. Está oscuro, hace frío, pero nada ha impedido que se realice el “rogatorio”. Es el tercer día que el pueblo se reúne para pedir a la Virgen que interceda   y que llegue la lluvia a extinguir el fuego. 

Hace tres meses que no llueve en la Chiquitania y su bosque está seco y árido. A inicios de agosto cayó una helada que marchitó toda la vegetación y dejó  una tierra  combustible.

El ruego no para; mujeres, varones, jóvenes, ancianos y niños se levantan antes de las 5:00  y corren a la  catedral para suplicar por un aguacero.

 “Está llegando ayuda pero no es suficiente. Nuestra única esperanza ahora es Dios,” dice Jackeline Sarabia tratando de contener las lágrimas.

 “Vamos a seguir orando cada mañana, el tiempo que sea necesario, sean estos días o meses... hasta que llueva”, anticipa sin dudarlo. “Esto ya sólo depende de Dios”.

Hasta el miércoles pasado, el pronóstico indicaba que la próxima lluvia aparecerá en septiembre. Para la Chiquitania este tiempo es  demasiado. Cada día el fuego devora más y más territorio.

Los ruegos se han  replicado, el jueves cayeron las primeras gotas de lluvia en San Ignacio. 
 

La pesadilla del incendio

“Debe ser el estrés o la inquietud pero yo sueño con el fuego. Sueño que las llamas llegan a la comunidad y que las casas arden”, narra Alcides Poiqui, representante de la comunidad Quitunuquiña, al noreste de Roboré.

 Su comunidad produce limones y sus 25 familias - desde que todo empezó-  no han vuelto a  dormir. Desde sus casas ven el fuego y las columnas de humo en la serranía.


Un grupo  de bomberos evalúa la crisis. 
Foto: Carolina Méndez  / Página Siete

“Tenemos miedo, de noche es peor, se ve cómo arde”, cuenta Yanine Surubí, mientras recibe agua  para cocinar. 

El recurso hídrico les llega desde las serranías y les sirve para tomar, lavar, bañarse, dar a los animales y regar las plantas. 

 “Tenemos temor de que el fuego que ya está ahí arriba, queme los tubos  y se corte el agua”, dice Yanine.

Todos en Quitunuquiña comparten esta preocupación; por ello, Orlando Parabá, de 71 años, está desde las 8:00 -junto a otro vecino- en la serranía. Con su pala intenta enterrar las tuberías para protegerlas del calor y el fuego. “Si esto se quema, nos morimos todos”, sentencia y sigue trabajando.

“Nosotros ya no tenemos agua porque se han quemado todingas las tuberías” denuncia Nilsa Mocoí de la comunidad San Lorenzo Viejo. 

La situación es crítica. Tenían reservas de agua limpia almacenada en baldes y tanques pero tuvieron que usarla para apagar las llamas que amenazaba una de las casas. 

“Nunca habíamos visto algo así, tan fuerte. Mis hijos están con diarrea y los tres tenemos tos por el hollín”, afirma la comunaria Venturina Oye.
 

 33 días  de  fuego

Las pérdidas por los 33 días de fuego son irreparables.   Los expertos señalan que recuperar todo el bosque tardará 200 años. Aseguran que se debe actuar de inmediato  para mitigar los efectos.

Julio El 20 de este mes se activaron varios   incendios en el municipio de Roboré. De manera simultánea en las comunidades de Gavetita, San Rafael y Naranjos el fuego corrió por los pastizales y el bosque.

Agosto El 5 de este mes las llamas llegaron a San José de Chiquitos, el incendio había pasado los límites municipales. La Gobernación alertó de una  gran cantidad de focos de calor en el departamento de Santa Cruz.

12 de agosto. Roboré reportó 5.000 hectáreas quemadas y se declaró en emergencia y zona de desastre. Un sobrevuelo evidenció que los focos de calor estaban fuera de control.
15 de agosto. Cuatro  municipios se declararon  zona de desastre por el fuego. Roboré, El Trigal, Pampa Grande y San Ignacio de Velasco se vieron sobrepasados y pidieron ayuda  a la Gobernación.

16 de agosto. La Gobernación de Santa Cruz declaró la emergencia departamental y  admitió el descontrol del fuego en el territorio. Solicitó la ayuda del Gobierno central y varios sectores elevaron el pedido de ayuda internacional.

21de agosto. Morales rechazó la  ayuda internacional. Creó el Gabinete de Emergencia Ambiental y anunció el alquiler de un avión Supertanker para aplacar el fuego. Los vuelos empezaron el viernes.

 

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