Luz Ulloa, la guardiana de la reserva silvestre de Tucabaca

Antes de que el fuego llegara, la cuidadora se enfrentaba a otra amenaza: los avasallamientos. “Es como si hubiera un complot para destruirlo todo”, dice.
domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:00

Carolina Méndez  / Enviada especial a Roboré

“Yo vine para dar y encontrar. Sin proyecto ni planificación”, relata Luz Ulloa, la única guardaparques del Valle de Tucabaca. Llegó allí hace años  en busca de la sanación que sólo el bosque puede dar.    

Nació en Roboré hace 40 años y es psicóloga de profesión. Luz tiene una especialización en terapia para niños que han sufrido abuso sexual y es magíster en Salud Pública. 

Trabajó en distintas oficinas y hoy está bastante lejos de aquello. Trabaja en un puesto que sólo le pedía ser bachiller, pero este “sacrificio” le significó encontrar el antídoto para sus males internos. Ha encontrado el sentido y asegura que lo volvería hacer sin dudar un segundo.

La guardaparques  psicóloga se reencontró en Tucabaca.

Y es que en aquella vida –hoy lejana– la intoxicación emocional le devastó el corazón. Eran años de escuchar sobre la miseria humana. Cientos de casos que meticulosamente anotaba para acompañar y ayudar. Era una terapeuta comprometida pero devastada. 

Cada día palpaba el dolor de las víctimas. Dolor que poco a poco se volvía suyo y propio. Luego de un tiempo, se admitió a sí misma que las cifras en estos casos horribles parecen carecer de “efecto de gravedad”; nunca bajan siempre suben. 

Así fue que lo abandonó todo en la ciudad y se escapó para (re)encontrarse en la Reserva de Vida Silvestre Tucabaca. Allí por fin, Luz encontró la claridad.

“Encontré el remedio en la pureza del oxígeno y en lo sencillo que es estar  en la serranía. En lo simple   que es aprender que una planta con otra se juntan y consiguen algo nuevo. En lo maravilloso que es el sonido del agua que corre”, cuenta.

Luz es la única mujer entre 16 guardaparques en la serranía.

Luz viste –al igual que los otros 15 guardaparques varones– botines, pantalones y camisas de manga larga, indumentaria adecuada para subir y bajar las serranías o para atravesar los bosques chiquitanos.

 Son en total 16 los custodios de esa reserva de vida silvestre, y Luz es la única mujer del grupo. Ella se desempeña como guardaparques, recorre los senderos, guía a grupos de escolares, da talleres y atiende en La Casa del Guardaparque, que es una oficina administrativa de enlace. Ahora también  batalla contra el fuego que azota la zona.

“Siento mucha bronca. Lo bonito que teníamos ahora está en llamas, seco…, quemado. Es como una confabulación contra esta zona, primero fue el avasallamiento  y ahora  el fuego. Es todo un sistema que se engrana para destruir todo”, comenta Luz.

Desde que empezó la pesadilla ardiente el mes pasado, la vida de los guardaparques ha cambiado sustancialmente. Ellos son los dueños de casa, conocedores del terreno, policías de la floresta y guardianes de la fauna. 

Leyenda

Poseen algo vital al momento del combate:  información. Saben por ejemplo dónde hay agua y cómo es el terreno al que se dirigen. Esta condición los hace idóneos para guiar a todos los guerreros contra el fuego. Sus jornadas son extensas y desgastantes.

Luz se levanta a las 5:00 de la mañana para  abrir la oficina y convertirla en un punto de reunión. Desde allí, muy temprano, todo el equipo se desplaza a los puntos críticos. 

Ella es la guardiana de la reserva y se ha convertido, por su formación y por su corazón, también en la guardiana del grupo.

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