Incendios en Bolivia: el bosque seco chiquitano lleva ardiendo más de un mes

Según la Fundación Amigos de la Naturaleza, se han perdido hasta el momento 2 millones de hectáreas y la tercera parte de esta cifra son bosques.
lunes, 02 de septiembre de 2019 · 18:47

Carolina Méndez / Página Siete y Mongabay Latam

Es devastador. Son miles y miles de hectáreas cubiertas por cenizas, hollín y restos de naturaleza. Hace cincuenta días el paisaje era otro, muy distante al hecho de contar a diario hectáreas para calcular la magnitud del desastre causado por los incendios en Bolivia que avanzan hasta hoy sobre la Chiquitanía, el bosque seco tropical más extenso del mundo.

La sequía intensa —tras cuatro meses sin llover—, la helada, las polémicas normativas que han permitido la ampliación de la frontera agrícola y las “quemas controladas” son los factores que han detonado esta tragedia que no logra ser controlada hasta ahora.

Terreno devastado por la tala y el chaqueo en el municipio de Roboré. Bomberos voluntarios ingresan a intentar apagar las llamas que aún persisten. Foto: Carolina Méndez.

En las comunidades donde el fuego ya fue apagado el olor a quemado es intenso, mientras que en las que siguen luchando contra las llamas solo les queda ser testigos de cómo el incendio continúa devorando la vegetación.

El fuego que consume el endémico bosque chiquitano no es aquel que se alza sobre el paisaje en forma de llamas gigantes, por el contrario, la mayoría de veces lo que se observa son columnas de humo que simplemente cubren la serranía o los pajonales. Es un incendio rastrero que avanza a nivel del suelo robándole el sueño a los comuneros de la zona.

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¿Cómo empezaron los incendios en Bolivia? 

Hasta hoy se manejan varias versiones. Algunos pobladores señalan que empezó en la vereda de la carretera Bioceánica, a la altura del municipio Carmen Rivero Tórrez; otros sostienen, en cambio, que comenzó en el otro extremo, en las comunidades de Gavetita, San Rafael y Naranjos, pertenecientes al municipio de Roboré. Las dos versiones tienen como escenario el departamento de Santa Cruz, en la zona este de Bolivia.

Al final ambas versiones tienen algo de razón, pues las autoridades, habitantes y especialistas coinciden en que lo más probable es que el fuego haya comenzado en simultáneo en varios puntos, propagándose rápidamente con la ayuda de los vientos que tienen el campo libre gracias a la deforestación.

Otro de los puntos de concordancia y que explica también la proliferación del incendio son las quemas. Existe una gran cantidad de comuneros que practican los chaqueos o quemas para despejar los terrenos para la agricultura y la ganadería, personas que cambian los bosques por pastizales o por vastas extensiones de soya para elaborar luego alimento balanceado para los animales. También está presente y constituye una amenaza el avance de los asentamientos ilegales sobre las tierras forestales.

Pero de todas estas opciones, el chaqueo es el más peligroso. Esta práctica tradicional solía ser utilizada por las comunidades indígenas y campesinas para despejar extensiones que no solían superar las 3 hectáreas, sin embargo, los agricultores de mediana y gran escala se han hecho de esta práctica, en los últimos años, para justificar el desmonte que hacen con maquinarias pesadas en terrenos que bordean las 50 hectáreas.

Dentro de este combate entre la práctica tradicional y la agricultura a gran escala, el 9 de julio el presidente Evo Morales aprobó la modificación al Decreto Supremo 26075, sobre Tierras de Producción Forestal Permanente, para ampliar las áreas de producción del sector ganadero y agroindustrial de los departamentos del Beni y Santa Cruz. Una decisión política que vino acompañada, además, de una norma que permite las “quemas controladas”.

Curiosamente luego de la aprobación de esta normativa empezaron los primeros incendios en la Chiquitanía. Y varios especialistas no tardaron en asociar este cambio en las reglas de juego con el desastre.

Los primeros focos de incendio se registraron cerca al 20 de julio y fueron atendidos por guardaparques y bomberos voluntarios que batallaron con precarios equipos y sin camiones cisterna. El fuego no dio tregua y empezó a devorarlo todo. Los vientos intensos, la sequía y la helada —que marchitó también la vegetación— fueron el combustible que avivó las llamas.

Según el último reporte de la Fundación Amigos de la Naturaleza, hasta el 27 de agosto de 2019 se detectaron más de 2.1 millones de hectáreas quemadas en todo el país. La mayor parte de esta superficie se concentró en el departamento de Santa Cruz con más de 1.4 millones de hectáreas afectadas. Y de este total, la tercera parte eran bosques.

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El incendio en cifras 

Según el monitoreo satelital de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), el último incendio de magnitud en Bolivia se registró en el 2010 (como se puede ver en el gráfico). El incendio actual —que sigue activo aunque en proporciones mucho menores— no ha logrado aún superar los 10 millones de hectáreas consumidas hace nueve años.

No hay en esta comparación un elemento de consuelo. Nadie duda que la pérdida, sea de uno o diez millones, es igual de significativa y trágica. Sin embargo, no hay que perder de vista que todavía hay más chaqueos por delante en Bolivia entre los meses de septiembre y octubre.

“Las llamas son una alerta de lo que los científicos vienen advirtiendo hace mucho tiempo acerca de que deforestación, cambio climático e incendios son los ingredientes de un punto de inflexión que podría poner en riesgo la funcionalidad de un ecosistema único en el mundo”, explica Natalia Calderón, Directora Ejecutiva de FAN.

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Áreas protegidas quemadas 

El Parque nacional y área natural de manejo integrado Otuquis es uno de los más afectados. Foto: Personal del lugar.

Las más afectadas son el Área Natural de Manejo Integrado San Matías que ha perdido 227 402 hectáreas, el Parque Nacional Otuquis más de 192 824, el Áreas de Conservación e Importancia Ecológica Ñembi Guasu 220 615 y la Reserva Municipal de Vida Silvestre Valle de Tucavaca 28 002.

Lo más grave es que el riesgo sigue latente. Según reportes oficiales, en las áreas protegidas existen más 554 especies de animales entre aves, mamíferos, reptiles, anfibios y peces, y más de 55 plantas endémicas de ese ecosistema. Estas especies son víctimas ahora mismo de la contaminación del aire, agua y suelos producto del incendio. Según un pronunciamiento del Colegio de Biólogos de La Paz y otras 80 entidades técnico académicas se necesitarán años de trabajo para “recuperar una parte del bosque que se quemó”.

“No entendemos muy bien lo que perdimos, pero sabemos que es enorme. Debido a la enorme biodiversidad, conocemos apenas una parte de su riqueza, pero esta es inabarcable”, lamentó la ambientalista Cecilia Requena.

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El incendio no detuvo las quemas 

Por muy inverosímil que parezca, algunos comuneros siguieron realizando quemas dentro de sus predios. En Santa Rosa de Tucavaca, por ejemplo, comunidad ubicada a 50 kilómetros del pueblo de Roboré, el fuego fue ocasionado por una pareja de vecinos que prendió un terreno recién desmontando.

“Estos vecinos ya fueron notificados por las autoridades competentes. Estimo que deben recibir la sanción que corresponde. Además considero que hay que dejar un ejemplo a los demás comunarios para que no sean irresponsables e imprudentes”, señaló Iván Quezada, alcalde de Roboré.

La Autoridad de Bosques y Tierra no ha brindado informe sobre este caso, sin embargo, anunció que correspondían dos demandas para la pareja, la primera por desmonte ilegal y la segunda por chaqueo sin autorización. Ambas estarían siendo ejecutadas por la ABT. Entretanto, los comuneros responsables del chaqueo salieron de sus predios para no responder por sus acciones.

Terreno devastado por la tala y el chaqueo en el municipio de Roboré. Bomberos voluntarios ingresan a intentar apagar las llamas que aún persisten. Foto: Carolina Méndez Valencia.

Mientras tanto vecinos de la misma comunidad luchan contra el fuego con lo que tienen a la mano.

“Hacen falta guantes, linternas, mochilas, botas y equipo de protección personal para mucha gente que está aquí intentando apagar el fuego”,explica Juanito Cuellar, guía turístico que dejó sus labores para atender la emergencia. El modo en el que operan consiste en aislar las llamas a través de una barrera o cordón que se abre con machetes para marcar un límite para que el fuego no avance, luego este incendio ya aislado se trata de apagar con agua.

La situación es complicada para los que están día a día en combate. Se ingresa a apagar incendios con botellas de agua cargadas en las manos por carencia de suficientes mochilas para tal labor y por la imposibilidad que existe de acceso para las cisternas en muchas zonas.

Por ejemplo, en el caso de Santa Rosa de Tucavaca, el camión cisterna está a 500 metros de la zona crítica. Los soldados y bomberos voluntarios entran y salen constantemente para poder recargar las botellas. La jornada se torna dura y el trajín inacabable.

“Un gran problema es que apagamos en el día y en la noche se reaviva por el viento. Una pequeña brasita hace que todo nuevamente arda. Ya la gente está muy cansada pero el compromiso nos hace seguir”, cuentan los voluntarios.

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Un gabinete tardío y negociaciones en medio del desastre

 El 21 de agosto, el gobierno boliviano creó el Gabinete de Emergencia Ambiental y anunció el alquiler de un avión Supertanker para aplacar el fuego. Además garantizó incrementar helicópteros, cisternas, implementar a los bomberos y no escatimar esfuerzos en la lucha contra los incendios. Cuando se anunció esta decisión ya habían ardido 900 000 hectáreas.

Pese a la esperanza generada, el Supertanker no consiguió cumplir todas las expectativas. El viernes 23 de agosto, el avión realizó su primera descarga sobre Taperas, comunidad perteneciente al municipio de San José, pero el fuego no se aplacó y el avión tuvo que retornar al día siguiente al mismo lugar. No ocurrió el “milagro” que muchos esperaban.

Supertanker realizando una descarga de agua. Crédito ABI.

Las descargas de agua por vía aérea tuvieron que ser reforzadas por vía terrestre para garantizar la efectividad. Sin embargo, la topografía de la zona complica el acceso a ciertos lugares, por ello siete días después, continúa la batalla contra el fuego.

Hombres y mujeres están desplazados en los puntos críticos arriesgando sus vidas. Muchos de ellos no cuentan con guantes, mochilas para cargar agua, les faltan equipos de protección personal, lentes protectores, y así encabezan el batallón convencidos de que lo que está ardiendo es la casa de todos.

En medio de todo este desastre, que aún no concluye, el presidente Evo Morales anunció, el 28 de agosto, con bombos y platillos, el envío de las primeras 100 toneladas de carne a China. En esta ceremonia, el Mandatario apareció acompañado de Ciro Pereyra, presidente de la Confederación de Ganaderos de Bolivia (CONGABOL).

Esta acción no solo generó crítica sino también protestas. Hasta el lugar donde se realizó el acto en Santa Cruz llegaron activistas para gritar que “mientras financiamos la ganadería, se incendia la Chiquitanía” y en La Paz los manifestantes repetían al unísono “ni soya ni coca, la Pacha no se toca”. La indignación en Bolivia ya no puede disimularse.

Marchas y protestas se han realizado en todo el país por los incendios en la Chiquitanía. Foto: Alfredo Rodríguez.

*Imagen principal: Las llamas no dan tregua: son apagadas y se reavivan a las pocas horas. No hay descanso. Foto: Gastón Brito.

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