Los ojos de Orange

viernes, 16 de octubre de 2020 · 00:04

Natalia Suárez Köhler

Admito que sus ojos negros se veían más cansados que hace diez años, detrás de aquel cortado humeante sin azúcar.

Había esperado una oreja sembrada de perforaciones, el cabello cortado en algún ángulo imposible o los brazos coloreados a punta de aguja y tinta. Pero no pensé encontrarme con la misma melena pulcra de 2009. La camiseta básica resbalándose por sus hombros bronceados, que añadidos a nuevos ademanes, eran los únicos cambios que percibía en ella.

Nos entretuvimos un rato hablando del trabajo. Omitimos a consciencia todos los sueños incumplidos que dejaban un espacio en blanco en la conversación, antes completamente ocupada por ellos.  En pocas ocasiones me enseñó su risa madura, cambiada... mientras batía el fondo vacío de su taza.

Pedí una copa de rosado. Cuando el mesero preguntó si la señorita deseaba alguna bebida, y desplegó profesionalmente la carta de bebidas, atisbé un pestañeo angustiado.

— No bebo –carraspeó.

El mesero sonrió con displicencia y nos abandonó en medio de una atmósfera enrarecida. Ella continuó batiendo su cortado inexistente con la vista clavada en el fondo.

— ¿Cómo vas con el trabajo? –pregunté incomoda-. Veo que viajas a muchos lugares.

— Trabajo en una ONG, que atiende a mujeres víctimas de violencia, en comunidades.

Cuando se fue en octubre decían que se había suicidado, que lo había intentado. El que era su novio se encargó de aclarar todo el “inconveniente”. Alegó que ella siempre veía todo desde un lente trágico y victimista. Él terminó por empañar demasiado nuestros recuerdos.

Acabé olvidándome de sus ojos francos y  poemas de adolescente. Reemplacé eso por retazos violentos de un video de pésima calidad, grabado al descuido. Su cuerpo yacía inerte tirado sobre la cama, al lado estaba el vestido de mangas, cuatro amigos de su novio y él grabando.

Ese sábado de verano estaba muy feliz. Acababa de terminar sus cursos de francés y quería tomarse un año sabático en Gordes.  Esa noche ella perseguía las luces y la música entre aquella muchedumbre que se bifurcaba en todas direcciones como arterias bombeando sudor, humo, calor y hormonas.

El novio esperaba nervioso cerca del baño, tenía un cigarrillo titilando entre sus labios temblorosos.

Recorrimos demasiadas veces  el camino al bar. Nuestros cuerpos respondían a cada cerveza con unas risas por demás; o nuestras lenguas se enzarzaban en conversaciones con perfectos extraños. Horas después, sus ojos nebulosos y la mano agitándose como despedida es lo último que recuerdo de ese sábado infernal.

Un tintineo incesante me despertó el domingo. Por unos segundos el sonido de una serie inusual de mensajes y notificaciones taladró mi cerebro aletargado por el alcohol.

Con los ojos entrecerrados revisé la mensajería. Me habían enviado el mismo archivo al menos una docena de veces.

Vi aquel video sola y acompañada de amigos. Me escandalicé  frente a mi madre cuando me preguntó si era ella, si se había acostado con cuatro muchachos simultáneamente. Nos compadecimos del novio y los profesores aprovecharon la ocasión para hacernos reflexiones. Como muchos, me sentí un poco mejor al saberme buena hija. Yo había bebido,  aunque no lo suficiente como para quedar inconsciente y viralizarme desnuda.

Agaché la cabeza cuando sus ojos me escrutaron el lunes, mientras abandonaba las clases a la mitad. No volvió más tarde, ni el siguiente lunes ni el siguiente.

Seguía golpeteando la cucharilla contra la taza cuando al fin levanté la mirada y tomé su mano, deteniéndola. Años de culpa se agolparon en mis labios. Y sabiendo que sólo para eso la había llamado después de diez años, y había conducido por dos horas, dije:

— Perdóname.

Empodera  a ORANGE

“Empodera a Orange” es parte de una iniciativa del gobierno de Estados Unidos para la prevención y respuesta a todas las formas de violencia contra la mujer y la niña. Coordinador: Gonzalo Díaz Díaz de Oropeza.