Si la vida no me diera otra oportunidad

viernes, 9 de octubre de 2020 · 00:04

Incomplete Girl

Tenía una creencia. El mundo no puede girar por siempre. Las cosas malas no pueden perseguirnos eternamente. Cuando el viento deja de golpear las cortinas de una habitación, el silencio te abraza y el desconsuelo abandona el cuerpo. De hecho, creía muchas cosas; pero la verdad es que continuamos pululando en el universo, las briznas oscuras que intentamos alejar viven en nosotros y la brisa nunca deja de silbar incluso en el vacío.

Empecé a darme cuenta de ello cuando fui expulsada del paraíso. No hay explicación para eso, solamente el hecho de que las heridas infligidas por la propia ignorancia son una tasa alta por la estancia. Aquello me lo había enseñado mi madre al mismo tiempo que el abandono la arrastraba a un infierno igual de nocivo. No siempre repetimos los errores del pasado, pero sí terminamos temiendo a las experiencias que los originan. Y en mi caso, el miedo a ese abismo sofocante de soledad apuró un atajo forzado al mismo edén. 

“No eres especial”, de ninguna manera. Su voz se repetía mientras los colores se desmoronaban y una gris fotografía se plasmaba en mi memoria, cada vez más desvaída.

El abandono no duele. Sabía que podía marcharme definitivamente y él no lo resentiría, sino más bien lo congratularía con la misma tenacidad impresa en sus arranques. Sin embargo, ahora sé que él se ha ido primero enseñándome que las heridas no son capaces de renovarse con una hoja gastada.

Respiro aquel enrarecido aire que comparten la libertad y la soledad, como hace años cuando papá se fue luego de confesar que no necesitaba una hija, cuando los susurros sobre alguien corriente y deplorable se despidieron con la ceremonia de graduación, cuando las voces acerca de los rumores de un logro alcanzado a un costo cuestionable se aplacaron en el vitoreo de los recién titulados. 

Lo de soportar y escapar nunca estuvo mal, pero la vida traza caminos que serpentean muy cerca uno del otro y una persona puede fácilmente merodear por el mismo círculo, royendo tierra con los pies hasta perderlos.

Estrecho mis rodillas plegadas sobre mi pecho y sonrío. 

¿Has pensado en la forma que tiene una sonrisa? Eclipse de angustia en un cielo profanado por begonias púrpuras y sus sinuosos retoños pintados en nauseabundo verde.

Lo hacía a menudo después de que él me observaba: su obra. Reflexionar si esta vez debía soportarlo, si debía escapar, si merecía el abandono. Y después temer a las posibilidades.

— ¿Por qué sigues aquí! –una protesta.

— ¿Qué sería yo sin ti? –una súplica.

Habíamos dado tantas funciones con el mismo diálogo final. Ensayamos tan asiduamente sentirnos heridos, arrepentidos y redimidos de palabras que pecaban de sincera petulancia y del silencio verdugo de los deseos.

— No hay otro lugar al que quiera ir –una respuesta. “Soy libre”.

— Corrección: no eres capaz de conseguir un lugar adonde ir. 

— Como tú.

Ya no tengo creencias. No quiero flores, ni sonrisas. No espero que el mundo se detenga por esto, no deseo que las sombras desaparezcan, ni que alguien me abrace. La Tierra no es el cielo y los seres que la habitamos no somos ángeles. Si supiera que la vida no me dará otra oportunidad –como lo sé– mis pies atravesarían el círculo y haría que un destello de esperanza brotara del brío de mi voluntad y la firmeza de mis palabras. 

— Renuncio a pensar que una vuelta más al infierno significa una nueva oportunidad. 

¿No es acaso emocionante cada comienzo? Pero… ¿No es más gratificante el final de un torcido ciclo?

Empodera  a ORANGE

“Empodera a Orange” es parte de una iniciativa del gobierno de Estados Unidos para la prevención y respuesta a todas las formas de violencia contra la mujer y la niña. Coordinador: Gonzalo Díaz Díaz de Oropeza.