180 «Mujeres guarda» del Cerro Rico afrontan la Covid sin agua

El acceso al líquido no está garantizado para las vigilantes de bocaminas, ni sus familias. No les queda una gota para lavarse las manos para prevenir contagios.
domingo, 22 de noviembre de 2020 · 00:04

 Jorge Quispe  / Potosí

En el Cerro Rico de Potosí, el agua es un lujo. Allí, la distribución del líquido  no está garantizada para 180 “mujeres guarda” o vigilantes de bocaminas . Sólo un 10 % tiene acceso regular al mismo y no queda una gota para lavarse las manos para prevenir  un eventual contagio de Covid-19.

“No hay agua, solo recibimos el agua de la lluvia. Nuestros jefes (socios de las cooperativas) trajeron dos turriles y nos dijeron: ‘Tienen que mezquinarse (ahorrar el líquido) ¿Cómo van a terminar tan rápido el agua?’”, cuenta María Cabana Llanos, de 52 años. La mujer nacida en la población de Kuchu Ingenio es “guarda” o serena hace 39 años y actualmente cuida las máquinas en la bocamina Salvadora, de la cooperativa Villa Imperial.

En la montaña de plata, ubicada a 4.800 metros de altitud, no hay redes de agua potable y menos un sistema de alcantarillado. Pese a ello, familias enteras, con hasta 10 integrantes, viven custodiando las herramientas de 16 minas, donde al menos 30 cooperativas y  10.000 mineros aún arañan los minerales después de su descubrimiento en el siglo XVI. Y si bien antes de la cuarentena sanitaria, dictada en marzo, algunas cooperativas llevaban el líquido vital para la extracción mineral, ante la pandemia no volvieron y dejaron a su suerte a muchas mujeres guarda.

“Por lo menos un 90% (162 guardas de las 180) no tuvieron acceso al agua durante la cuarentena y actualmente el problema subsiste, porque prácticamente hubo un abandono total de algunos cooperativistas. Hicimos gestiones ante Aapos (Administración Autónoma Para Obras Sanitarias) y Fedecomin (Federación de Cooperativas Mineras) para que lleven agua hasta las bocaminas. El problema no ha terminado y debe haber un proyecto para dotar de agua al Cerro Rico”, asegura Vilma Martínez, delegada de la Defensoría del Pueblo en Potosí.

Desde la Federación de Cooperativas Mineras de Potosí (Fedecomin) admiten que la falta de “recursos” durante la cuarentena no les permitió llegar con agua y alimentos a las mujeres guarda. Mientras que desde la empresa de agua Aapos sostienen que la topografía  de la zona dificultó el traslado del líquido.

En Bolivia, la Constitución Política del Estado en su artículo 373 reivindica este derecho humano. “El agua constituye un derecho fundamentalísimo para la vida, en el marco de la soberanía del pueblo. El Estado promoverá el uso y acceso al agua sobre la base de principios de solidaridad, complementariedad, reciprocidad, equidad, diversidad y sustentabilidad”. 

No obstante, la norma no se cumple a cabalidad en la legendaria montaña. Al menos 162 familias que viven allí   deben comprar turriles, beber agua con copajira y solo unas cuantos pueden acceder al agua potable.

Las más vulnerables

 La cuarentena dictada en marzo por el gobierno ante el riesgo del contagio de la Covid-19 golpeó a toda la economía, pero en el sector de la minería cooperativizada,  las ‘serenas’ de las bocaminas -uno de sus últimos eslabones laborales- fueron las que más embates sufrieron.

El presidente de Fedecomin, Carlos Mollo, apunta a que la actividad minera se paralizó por la pandemia, por lo que no hubo ingresos. “Perdimos yacimientos que se han inundado de agua, muchas cosas pasaron y ahora estamos empezando a reactivar todo”, sostiene.

“Muchas guardas han sido abandonadas por los socios de las cooperativas durante la cuarentena, algunos de ellos  ni se acordaron de llevarles el agua. Otras aún viven sin luz (energía eléctrica) y también hay muchas a las que les deben todavía sus sueldos”, cuenta Giovana Solís Saravia, de 38 años. Oriunda de Cochabamba, ella es guarda hace  siete años y ahora trabaja para la Cooperativa La Plata.

Nicolás Marín, antiguo minero y ahora activista de la Fundación Voces Libres, que ayuda a este grupo de mujeres, corrobora la falta de acceso al agua que sufrieron las vigilantes. “Durante la cuarentana ellas se quedaron sin gas (garrafas), sin agua, sin alimento. Vimos llorar a compañeras rogando que les llevemos agua”. Esa organización gestionó ante la Alcaldía y la Administración Autónoma Para Obras Sanitarias la dotación del líquido vital, además alimentos a través de canastas familiares a las ‘mujeres guarda’.

Cabana relata que ante la escasez de agua, muchas compañeras fueron hasta la punta Pukaloma, uno de los sectores del Cerro Rico, donde había pequeños pozos de agua, que días después fueron tomados por una empresa minera para el procesamiento de sus minerales. “Nos traíamos agua en bidones, pero después han desaparecido los pozos”.

 

Agua con copajira

Ante tanta insistencia, a fines de agosto, según Cabana, Aapos y algunas cooperativas comenzaron a llevar algo de agua. Estas últimas distribuían el líquido con la recomendación de que ‘debían mezquinarse’, para que no se acabe pronto, pese a ello, no fue suficiente.

“Trajeron agua para que los mineros se laven las manos al salir de las minas, era agua con copajira ( ácida de color amarillento y contaminada que irrita los ojos). Esa no sirve ni para lavar la ropa (la destruye)”, narra la mujer delante de unos bidones vacíos que aún utiliza para cosechar agua de lluvia.

Germán Mamani Solís, de 39 años, es desde hace dos  cuidador  de la bocamina Robertito. El hombre cuenta que en plena pandemia tuvieron que hacer una colecta para reunir 400 bolivianos y comprar y transportar el agua desde la ciudad de Potosí. 

 “Hemos sufrido y seguimos sufriendo por la falta de agua. Aquí en el Cerro Rico vivimos peor que en el campo , porque no tenemos ni baños ni pozos sépticos. Nosotros también somos seres humanos no podemos seguir así”, reclama.

No sólo Martínez y Marín concuerdan en que algunos socios dejaron a su suerte a las vigilantes de las bocaminas. “¿Con qué nos vamos a cuidar del virus? Por eso cuando llueve cosecho el agua, pero no todas pueden almacenarla”, refrenda Solís.

La guarda tuvo también que usar el líquido con copajira. “Igual tenemos que utilizar esa agua. Los de Aapos y la Alcaldía han traído durante un mes y medio el agua entre marzo y abril, pero luego no han traído más. En mayo ya no teníamos agua”, sostiene. Cabana indica que solo después que se levantó la cuarentena rígida en Bolivia, en septiembre, algunas cisternas de Aapos reanudaron el servicio de distribución hasta algunas bocaminas, pero no llegaron a todas.

La defensora Martínez admite que debido a que sólo cuenta con seis funcionarios, no fue fácil controlar la distribución periódica del agua en el cerro. “No podíamos controlar aquello, pero insistimos en que lleven el agua. Por eso hubo un descuido  por parte de los cooperativistas, que solo velaron por sus minas, pero no por quienes se los cuidan”, ratifica.

La felicidad  de las familias cuando  llega el agua al cerro.
Foto:Voces Libres

Coronavirus e inseguridad

Pese a esta precariedad, según Marín de Voces Libres, únicamente tres casos de Covid-19 fueron detectados durante la cuarentena. “La mayoría de las mujeres se protegieron con las hierbas que se usan en Potosí”.

Cabana, madre de tres hijos, agrega. “Sin alimentos, sin agua, sin luz, sin sueldo y solo con algunas hierbas, así pasamos el coronavirus pidiendo a Dios que no nos abandone”. 

Martínez, de la Defensoría del Pueblo, menciona que en plena pandemia sanitaria gestionaron la atención de salud de forma periódica a las familias que viven en el Cerro Rico con la Cruz Roja, donde el único centro de salud, ubicado en Pailaviri, quedó pequeño atendiendo también otras patologías.

Las guardas Cabana y Mamani denuncian que durante la época electoral, algunos candidatos y también autoridades llevaron arroz, azúcar y avena, pero con heces de ratón. “Era arroz y azúcar vencidos y con heces de ratón”, precisa Cabana.

Las mujeres guarda son en un 80% (144) solteras o madres solteras, viudas y abandonadas, según datos de Voces Libres. “La situación de ellas es bien triste, tienen familias con hasta ocho miembros, muchas no tienen contratos con las cooperativas, no tienen seguro, sufren robos y otros abusos”, describe Zenón Paucara, responsable de esta organización que las ayuda de forma integral.

Las mujeres vigilantes aparecieron después de la nacionalización de las minas en 1952, pero casi siete décadas después  las condiciones de extrema pobreza en la que viven no han cambiado mucho y por si eso fuera poco, cada viernes deben estar alertas ante los jucus o ladrones de minerales. 

Ellos las superan en número, ingresan haciendo disparos de armas de fuego y otros usan gases lacrimógenos, al frente ellas solo están cargadas de coraje y perros (algunas poseen hasta seis canes) con los que tratan de ahuyentar a los delincuentes, por eso en los últimos años las serenas han creado grupos de WhatsApp, por los que dan la alerta para que otras compañeras lleguen para socorrerlas ante cualquier eventualidad.

En tiempos en que la amenaza del rebrote del coronavirus continúa, las celadoras de las bocaminas tienen como prioridad conseguir agua y alimentos, y si queda algo del líquido todavía en sus bidones, tomar las previsiones de limpieza ante un eventual contagio de Covid-19.

 

La fundación Voces Libres  lleva alimentos a las serenas.
Foto:Voces Libres

Algunas serenas de bocaminas no cobran  sueldos desde 2019

Durante la cuarentena, muchas ‘mujeres guarda’ no cobraron sus sueldos, pero otras aún siguen impagas desde 2019, según las denuncias que llegaron a la Defensoría del Pueblo de Potosí. En Fedecomin atribuyen aquello a que la actividad minera se paralizó y no hubo recursos.

“Lo que más nos preocupó es que los cooperativistas no les pagaron sus sueldos y ellas por temor no querían denunciarlos”, sostiene Vilma Martínez, delegada de la Defensoría.

María Cabana Llanos, de 52 años y  guarda de la bocamina Salvadora de la Cooperativa Villa Imperial, no percibió este año ningún sueldo  y sobrevive con la venta de desperdicios de mineral. La promesa de los socios de que le pagarían  400 bolivianos por mes no se hizo realidad.

No es el único caso. Severina Conde Limachi, de 50 años y cuidadora de la bocamina Esperanza, no cobra su sueldo desde 2019. Denunció su caso ante la Defensoría del Pueblo, pero no tuvo respuesta de los socios.

Nicolás Marín, de la Fundación Voces Libres, lanza otro dato preocupante. “Varias mujeres guardas ganan  400 a 500 bolivianos y solo unas nueve (de las 180) ganan  2.000. Perciben salarios bajísimos y  les deben a algunas hasta nueve meses”.

La Fundación Voces Libres gestiona ante las autoridades el pago de sueldos a las ‘mujeres guarda’, no obstante el director departamental de Trabajo, Alberto Calle, dijo que esa instancia no puede fiscalizar a las cooperativas mineras.

 


En Aapos apuntan a falta de caminos
En Fedecomin dicen que “no hay dinero”

Mientras en la Federación de Cooperativas Mineras de Potosí (Fedecomin) afirman que la falta de “recursos” durante la cuarentena no les permitió llegar con agua y alimentos para las ‘mujeres guarda’, en la empresa de agua sostienen que la topografía dificultó el traslado del líquido.

Carlos Mollo, presidente de Fedecomin Potosí, admite la falta de provisión de agua a las celadoras de las bocaminas y apunta a las autoridades. “Sí, no podemos nosotros negar esos pequeños detalles y lastimosamente en el fondo son vitales: el agua, la alimentación, que uno debe tener, pero al cerro no se pudo llegar porque las autoridades no nos han podido ayudar como hubiésemos querido”, dice. Las restricciones vehiculares durante la pandemia fueron también, según Mollo, otro  escollo.

María Cabana Llanos, una  guarda de la Cooperativa Villa Imperial, afirma que ante el abandono de los socios tuvieron que resignarse a recibir agua de lluvia. Mollo insiste en que durante la pandemia no pudieron trabajar en la extracción de minerales, por lo que no contaron con recursos. “Nosotros no hemos podido trabajar. Vivimos del día, eso ha hecho que no tengamos recursos”.

La delegada de la Defensoría del Pueblo, Vilma Martínez, indica que “algunos socios solo se preocuparon por el estado de sus minas”, ignorando cómo se encontraban las celadoras de las máquinas que tuvieron que afrontar la cuarentena sin alimentos, agua y sin dinero. “Un día que nos descuidábamos en el control, (las cisternas) ya no subían”, refiere.

Desde la Administración Autónoma Para Obras Sanitarias, el gerente técnico Manuel Calisaya sostiene que la precariedad de los caminos impidió realizar una distribución de agua más integral.

“Los  accesos no están hechos para que suban cisternas, por eso no se podía ingresar, por lo que pedimos a la Alcaldía que mejore esas vías con equipo pesado y en julio (cuando Bolivia alcanzó los 90.000 casos de coronavirus) rasparon algo (los caminos) en la parte baja, pero no a sectores arriba de la cota 4.000 metros, donde es crítica la situación.  A nuestra manera hemos atendido con la distribución, no constantemente, pero lo hicimos”, dice el gerente técnico.  

El agua  llegó al Cerro Rico  sólo tras la cuarentena.
Foto:Defensoría del Pueblo Potosí

Cita además que hicieron dos viajes por semana y que llevaron agua a ‘mujeres guarda’, a las que nunca habían llegado. Las serenas María Cabana Llanos y Giovana Solís Saravia dan cuenta de esos viajes, pero después que Bolivia ingresó a la flexibilización, en septiembre. Reafirman que no tuvieron acceso al agua desde fines de marzo, abril y mayo. Luego ellas recibieron el apoyo de Voces Libres, que llevó el líquido.

Calisaya recuerda que no existe una red de tuberías para dotar de agua a las 162 familias que viven en el Cerro Rico. Las condiciones topográficas, con pendientes, no permitieron realizar aquella instalación.

El gerente  anticipa que en 2021 se pretende llevar adelante un proyecto para la dotación de agua con una aducción desde Chalviri hacia la planta de tratamiento que poseen en Kari Kari, que permitiría llegar por lo menos a unas 50 familias en el sector de Pailaviri, en la parte baja.

 

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