Besos y abrazos a los dolientes, costumbres de paceños que están por encima de cualquier cuarentena

Pese a las restricciones impuestas por el Gobierno por el coronavirus, los invitados a dar el último adiós al difunto demuestran su cariño como siempre.
miércoles, 25 de marzo de 2020 · 17:54

Sergio Mendoza y Víctor Gutiérrez / La Paz

Por las mañanas, mientras unos van a los mercados para recoger las provisiones necesarias para el tiempo de cuarentena, otros asisten al cementerio para enterrar a sus muertos en medio de restricciones impuestas por las funerarias, la alcaldía y la Policía. Pero ni bien llega el momento del pésame, largas filas de personas se forman frente la familia doliente para abrazarlos, besarlos y apretujarles las manos, uno tras otro. Son estas las costumbres que no se olvidan ni en tiempos del coronavirus. 

La puerta número cuatro del Cementerio General de La Paz se abre a las 8:00, incluso ahora que rige la cuarentena. Sólo los familiares más cercanos al fallecido pueden entrar para comenzar los trámites necesarios para el entierro, para demostrar que el fallecido es quien dicen ser. Estas tareas burocráticas se extienden hasta las 10:00, cuando los ataúdes recién pueden pasar.

El director del Cementerio General, Ariel Conitzer, explica que los entierros deben hacerse en tan sólo dos horas, de 10:00 a 12:00, para que su personal tenga tiempo a llegar a sus casas dentro el horario permitido para la circulación de personas.  

Cuatro jóvenes bien vestidos y con barbijos en los rostros, trabajadores de la funeraria contratada, avanzan por los callejones desiertos con el difunto en hombros rumbo al nicho asignado. Detrás de ellos van los familiares más cercanos, no más de 15 personas, indica Conitzer. Nada de guitarristas con canciones de lamento, ni rezadores pidiendo por el alma del muertito, tan sólo un trabajador del cementerio que guía a la comitiva a donde deben llegar. El silencio es casi absoluto.

 

Las misas previas al entierro, que hace unos días eran casi una obligación, fueron suspendidas. La capilla está cerrada hasta que pase esto de la pandemia que ha puesto a todos con los nervios de punta. 

Incluso las funerarias se adecuaron a la situación. Desde la empresa Kantutani, que administra hasta seis funerarias en el eje central del país, se informó que ahora los velorios son a puerta cerrada. Sólo permiten el ingreso de la familia más próxima y los hacen sentar en sillas con un metro y medio de separación. Aunque se recoge o recibe al difunto las 24 horas del día, el tiempo del velorio se restringe a las mañanas, y al momento del traslado al cementerio tan sólo transportan a la familia cercana y al ataúd, según indicaron.

Pero de alguna manera, los amigos y demás parientes del difunto se las ingenian para llegar al cementerio y esperar en las puertas a que la familia salga. Una vez que esto ocurre, forman una fila, uno tras otro sin ningún metro de distancia, para abrazar, besar y apretujar las manos de los dolientes. Es una forma de transmitir su cariño y apoyo ante la muerte de un ser querido, sobre todo en estos tiempos difíciles con el coronavirus rondando por quién sabe dónde. 

En algunos casos, los familiares del fallecido sí se cubren con barbijos y evitan el beso en la mejilla, pero el estrechar las manos, uno tras otro y así por decenas, es algo que no se deja de hacer. 

Es la tradición, no se puede dejar de asistir a la despedida de un amigo, de un primo, manifiestan los que están en la cola. Por lo menos no mientras uno esté sano. 

Conitzer explica que dejaron bien en claro que el pésame y los besos están prohibidos en el cementerio. Dice que se recomendó a los familiares evitar el contacto con otras personas en este momento de emergencia que se vive en el país y el mundo; pero lo que ocurre de las puertas para afuera ya no está bajo su control. 

“Quisiéramos que no lo hagan, pero con dar la recomendación nosotros cumplimos. Si ellos no lo quieren hacer no lo harán, ya sea en las casas, en los ‘quita penas’, será hasta que se concienticen. Es conciencia individual”, dice el servidor público. 

Cuando el reloj se acerca al medio día y la restricción se aproxima ya ni hay tiempo de ir a la casa de los dolientes para una comida ni al “quita penas” del que habla Conitzer. Los policías y los militares aparecen en sus camionetas y amonestan a las personas. “Ya es hora por favor, vámonos retirando”. 

Los uniformados bajan por la avenida Baptista y rutas aledañas limpiando las calles de gente que todavía pasa por allí. Vistieron a dos funcionarios como botargas, con trajes de coronavirus como táctica didáctica hecha para niños o adultos que no quieren entender que es mejor quedarse en sus casas.  

 

Por ahora el Cementerio General recibe en promedio 14 entierros diarios, mejor dicho en esas dos horas de atención. Pero el director afirma que ya están preparados para lo que venga. “Esperamos que cuando el coronavirus ataque enterremos el doble de personas. Estamos preparados para eso, pero la gente tiene que estar preparada para prevenir y quedarse en sus casas”.