Crónica: Un caótico día para hacer mercado

Un día que pudo haber tenido cualquiera al hacer compras en el mercado durante la cuarentena.
lunes, 30 de marzo de 2020 · 17:34

Wanda Torrico / La Paz

La alarma del teléfono sonó a las 8:00 de la mañana, abro los ojos, me siento en la cama y recuerdo que hoy debo ir al mercado porque mi número de carnet termina en uno y es el único día que puedo salir a hacer las compras, sin temor a ser sancionada. Me levanto y saco a mi mascota al patio. Hace una semana que no salgo de casa por la cuarentena impuesta por el gobierno para prevenir el contagio del Coronavirus (Covid-19), tengo miedo y ansiedad por ver cómo están las calles, los controles de seguridad y el cuidado de la gente; si por mí fuese, no saldría, pero soy la única que puede hacerlo sin correr mucho peligro. 

Me hago un moño, entro al baño para asearme, me pongo un deportivo que pueda cambiarme fácilmente al llegar a casa y le pregunto a la abuela, que es quien cocina, que alimentos faltan. Me pide que compre una arroba de papa, cuarta de cebolla y zanahoria, una libra de tomate, algunas frutas como naranja y pera, también un paquete grande de galletas de agua, por si no hay pancito, y que pase por la farmacia para comprar sus medicamentos. Esperando que sea todo lo que necesita y que cuando regresa a casa no deba salir nuevamente porque se le olvido algo, alisto mis llaves y el dinero. 

Cuando estoy a punto de salir, papá quiere acompañarme porque también es el día en que se le permite salir por la terminación de su carnet, entonces le digo que no y que el mejor se quede, que no puede salir, se molesta un poco pero entiende y acepta quedarse. Tomo un barbijo plomo del paquete que había comprado días atrás, me lo pongo en la cara, abro la puerta y cuando estoy a punto de cerrarla veo a mi perrita quiere acompañarme, pero le digo que no debe salir, y regresa a su casa. Creo que estoy lista para salir después de más de siete días a la calle.

Empiezo a bajar la calle Roberto Hinojosa y noto que hay menos gente de la habitual, muchos negocios están cerrados exceptuando minimarkets y farmacias. Llego a la esquina de la avenida 31 de octubre que está cerrada por un cordón y con militares y policías, es un poco intimidante, pero debo pasar el control que está en una esquina dónde te piden el carnet para verificar que efectivamente sea el día que debes salir. No tardan más de 5 segundos en revisarlo, lo miran rápidamente y te permiten el paso.

En la calle que habitualmente suele haber desde pescado hasta ropa, ahora solo están abiertos los puestos de verduras, frutas y vendedores ambulantes de barbijos y guantes. Fue inusual ver que en todos estos lugares habían filas de personas separadas por un metro de distancia.

A medida que voy avanzando para llegar al cruce de villa Copacabana pregunto los precios, que aunque en algunos puestos están a la vista de los compradores, estos resultan están elevados. Mi dinámica es mantenerme lejos de los grupos de gente, me acerco, pregunto y vuelvo al medio de la calle o voy esquivando a quienes no llevan barbijo y caminan hablando. 

Ya vi dónde más o menos hay las cosas que necesito, caminé hasta llegar al cruce de Villa Copacabana y pretendo entrar primero a la farmacia pero largas filas, tanto en la Farmacia Bolivia, como en Farmacorp. Llama la atención ver que en la primero la gente está más pegada a la de adelante, mientras que en la segunda las personas están separadas por casi un metro y medio. Veo el celular y son las 9:30 am, así que esperando que alguna de las dos se vacíe pronto, voy a comprar galletas que  se supone que venden pasando la esquina de enfrente, busco mi carnet porque nuevamente debo mostrar para pasar el siguiente cordón de seguridad. Nuevamente toca hacer fila con quince personas por delante. Cuando llego a la caja para comprar lo que necesito, el paquete de galletas se acabó, así que me toca ir a buscar en las demás tiendas. Creo que por un instante corrí con suerte porque en el camino a ver la fila de la farmacia, un camión repartidor de panes y galletas abrió la venta al público y finalmente hice mi primera compra.

Ahí en medio del Cruce de Villas me detengo un instante para ver cuál es mi siguiente destino, porque las filas de las farmacias se mantienen largas. Pude observar que en friales, pollerías, autos dónde venden huevos, camiones de verduras y en panaderías también hay largas filas, lo único que me queda es decidir que fila hacer primero, así que decido empezar por la verdura.

10:30 am la fila avanza cada cinco minutos, entonces veo a mi alrededor y noto que hay muchas personas que llevan las famosas bolsas con ruedas y me pongo a pensar que ojalá yo no necesite una así porque estoy sola y me tocará cargar todo. La impaciencia aumenta, esta fila no avanza, la única que encuentro para distraerme es hablar con la persona atrás que claramente es una mamá porque lleva tres bolsas y una mochila llena. Me cuenta que muy temprano fue al supermercado Hipermaxi de la Busch a pie desde Valle Hermoso porque no tenía dinero cambiado y ahí era el único lugar para comprar con dólares, pasar por un cajero o banco no es una opción porque mínimamente ahí pierdes 30 minutos de tu tiempo si la cola no está muy larga, y que lo único que le faltaba para volver a su casa era comprar tomate porque en todo lado estaba agotado. 

11:10 am después de estar más de media hora esperando y con los rayos de sol que casi te enceguecen por lo fuertes que son, noto que delante de mí ya quedan cuatro personas y es un alivio saber que ya estoy cerca para comprar lo que necesito, pero no todo puede ser perfecto…a la vendedora del camión le queda media caja de tomates y que espero se acaben hasta que yo llegue. Por fin, me toca comprar y aún alcanza para dos libras, pude haber comprado las dos pero la señora que está detrás de mí también necesita esa verdura, así que opto por comprar solo una a Bs 5, una libra de zanahoria a Bs 7, una arroba de papa a 55 y cuarta de cebolla a 15, son muchas cosas y creo que debí comprar la bolsas con rueditas.

Ya me queda un poco más de media hora para comprar lo que aún me falta, en el camino veo peras y compro seis por Bs 10, le doy al vendedor Bs 20 y cuando me da el cambio me percato que ya no tengo más dinero así que toca ir a hacer fila al cajero. El peso de las compras, el sol a flor de piel, el tiempo que apremia y una nueva fila por hacer hacen que cualquiera se ponga a irritable. Mientras espero detrás de cinco personas, me pongo a mirar a mi alrededor y me pregunto ¿Por qué la gente usa guantes?, ¿no se supone que el contagio de coronavirus se impide  lavándose las manos y con alcohol en gel? ¿la gente se los pone para evitar lavarse o porque piensa que el virus entra por las manos?, la verdad no lo entiendo. 

Creo que por distraerme la mala suerte volvió, hice una fila de 15 minutos para que cuando llegue a sacar dinero, este se acabe del cajero. Ni modo, me toca estirar el dinero para comprar lo indispensable, los medicamentos.

En el camino veo una farmacia, milagrosamente no hay filas así que entro y compro los remedios para mi abuela y mi papá. Ya solo me quedan 10 minutos para llegar a casa, así que aunque me duelan los brazos de cargar tanto peso, debo apresurar el paso para llegar a casa antes del mediodía. 

Al fin llegué, descanso un rato poniendo las bolsas en el piso para sacar las llaves y entrar a casa. Abro la puerta y veo a mi perrita que me recibe cómo si me hubiese ido por días pero evito no tocarla por precaución, dejos las bolsas a un costado mientras cierro la puerta. Mi papá se acerca con un balde con lavandina para que limpie mis zapatos, voy a lavarme las manos y el rostro y luego me cambio de ropa antes de ir a dejar las compras a la abuela. Una vez cambiada y dentro de casa me siento más segura que nunca.

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