Abandonados y sin país, el drama de quienes migran para trabajar

En grupos los compatriotas van llegando a una frontera que tiene las puertas cerradas. Aún hay connacionales en Antofagasta, Tocopilla e Iquique.
lunes, 20 de abril de 2020 · 00:22

Leny Chuquimia /  La Paz

En el abandono y lejos de su país, esa es la situación en la que la pandemia encontró a los bolivianos que trabajan la tierra como agricultores temporeros en Chile o Argentina. No hay cifras oficiales de cuantos compatriotas salen cada año para  estas faenas estacionales ni las  condiciones en que lo hacen.

Los temporeros, trabajadores estacionales o golondrinas -como los llaman en Argentina- son todas aquellas personas que cumplen una actividad laboral de tiempo completo por un lapso menor a un año. Esta actividad se repite anualmente de acuerdo a ciclos climáticos, agrícolas, pecuarios y de servicultura. 

“Calculamos que cada año más de 2.000 temporeros bolivianos ingresan a Chile principalmente a Copiapó, Santiago, Milipilla, La Serena,  y un tanto a Arica. Llegan en  octubre, cuando empieza la demanda para trabajadores en los fundos (grandes empresas agrícolas) que se prolonga hasta marzo. Luego solo un pequeño grupo se queda para otro tipo de trabajos”, señala el dirigente de los Residentes Bolivianos en Chile, Ronald Montesinos.  

Es el caso de gran parte de los bolivianos que ahora se encuentran en la frontera con Chile, en el campamento Tata Santiago o de los que están al otro lado de la frontera; en Colchane, Iquique, Antofagasta o Tocopilla. 

“Nosotros trabajamos con contratos de tres meses, se acaba y no queda otra que volver. Nos han dicho masistas  porque volvemos justo durante la pandemia, pero es que esta es la época de retorno para los temporeros. Por eso sabemos que los paisanos van a seguir llegando a la frontera”, dice Daniel, uno de los trabajadores estacionales que logró ser repatriado.

Delia Colque, miembro de Ni Una Migrante Menos Bolivia señala que pese a que este movimiento es anual, el Gobierno no pensó en la situación de quienes al retornar se encontrarían con las fronteras cerradas. “No creo que este mal, pero sí que debieron preverse estas situaciones porque no es gente que se fue de vacaciones o turismo, sino que año tras año van a trabajar  para juntar un ahorro que invierten en el país”, manifiesta.

Abril, el mes para el retorno

“Yo voy a Chile hace unos cinco años, se trabaja con contratos trimestrales. En Copiapó por ejemplo son 100 kilómetros de valle y a los costados de la carretera hay fundos frutícolas, hortícolas o viñedos  para escoger, tienen hasta 280 hectáreas y requieren 400, 500 o 600 trabajadores”, cuenta Daniel. Añade que casi toda la mano de obra en los cultivos es boliviana y peruana. 

“La temporada es más o menos del 18 de septiembre al 20 de abril, Migración deben tener los datos de cuanta gente sale y vuelve en esa época. Nos quedamos meses  en  campamentos y ya por abril  ya no hay trabajo y todos volvemos”, explica.    

Según datos de 2017 de la Dirección Nacional de Migraciones, ese año salieron del país  965.525 ciudadanos frente a los 238.994 que retornaron. Gran parte se dirigió a Argentina, Chile, Brasil, Perú, España y Estados Unidos. Aunque no hay cifras específicas respecto a los trabajadores estacionales se sabe que en su mayoría eran mujeres y que la mano de obra no calificada era una de las características.  

 “Muchas mujeres migran para mantener a sus hijos o a sus padres. Algunas  son chiquillas, tienen 18 o 16 años  y ya son mamás. Van para buscar un ingreso extra porque se gana más que en Bolivia”, cuenta Carmen. 

Ella es madre soltera y su hija ya empezó la escuela. Desde hace dos años -cuando dejó a su hija, su carrera universitaria y su trabajo como ayudante de vendedora de comida- se la pasa yendo y viniendo de Chile entre trabajos agrícolas lejos de su país.

Por eso  cuenta con mucha pena los 10 días que pasó caminado en el desierto,  durmiendo a la intemperie y sin alimentos, sin que su país le tienda la mano.  Pero no es la única.

“Hace un tiempo me encontraron unos quistes en los senos y necesitaba dinero para la operación y el tratamiento. Entonces unas amistades me dijeron que en Chile se podía trabajar por meses y ganar bien. Entonces me animé a venir para la cosecha. Es un trabajo duro y reuní un dinero pero no lo suficiente”, relata  Liliana con un acento oriental.

Dice que los lugares donde los alojaban estaban muy lejos de los fundos por lo que viajaban hasta dos horas en un bus que recogía a todos los obreros para ir a los cultivos. Ella cosechó uvas y tomates, desyerbó y limpió uno a uno “los pelitos” del maíz.

“A los temporeros les pagan por lo que producen, igual para hombres o mujeres. Pueden sacar diario hasta 25 mil pesos chilenos que son como unos 230 bolivianos. En algunos casos, cuando son principiantes, no  les va muy bien  porque tiene que adaptarse al ritmo. Hubo casos en los que solo ganaron para su comida. Ahora muchos han quedado a su suerte”, dice Montesinos.

Liliana añade: “mi propio país me cerró las puertas, no queríamos  para romper la cuarentena sino cumplirla en tierra boliviana. Nos abandonaron”.

Una vez los fundos chilenos cerraron, a los temporeros -bolivianos, peruanos y chilenos- no les quedó más que retornar a sus hogares llevando a cuestas su equipaje y gastando en el camino el  dinero que reunieron. Desde Antofagasta, Tocopilla o Iquique  aun llegan reportes de grupos de connacionales que duermen en el piso de las terminales o que se reúnen las puertas de los Consulados porque se quedaron varados en su regreso a un país que tiene las puertas cerradas.

“En la terminal de Antofagasta hay varios bolivianos durmiendo en el piso. Otros hemos ido a  la ofician consular pero nadie nos atiende. Sabemos que en Tocopilla hay otros compatriotas que estaban avanzando en bus”, relata uno d los temporeros. 

Página Siete consultó a la Dirección Nacional de Migraciones si contaba con la cifras de los bolivianos que habían  salido del país durante la temporada señalada y si estas habían sido tomadas en cuenta para el plan de cierre de fronteras y para prever cuantos bolivianos debían retornar al país durante o después de la cuarentena. Sin embargo hasta el cierre de esta nota no obtuvimos respuesta.

  Los  repatriados 

  • Primeros  Entre el 22 y 24 de marzo, 350 bolivianos llegaron a Pisiga en la frontera de Bolivia con Chile. Fueron  trasladados hasta sus regiones  para cumplir la cuarentena.
  •    Campamento  A finales de marzo una caravana de unas 80 compatriotas avanzaban a pie rumbo a Colchane. Otros 200 esperaban   en Huara y mas grupos llegaban. El 4 de abril 480 adultos y niños fueron repatriados y acogidas en el campamento Tata Santiago.
  •  Tensión El 8 de abril  un tercer grupo llegó hasta la frontera y su paso fue impedido por un con contingente militar. Hubo tensión y hasta hoy  esperan  ingresar al país.

Golondrinas, migrantes  que realizan la vendimia en Argentina

En Argentina y sobre todo en Mendoza hay una comunidad boliviana muy grande y ya establecida que trabaja en la cosecha de los viñedos. Sin embargo para la vendimia también llegan  familias migrantes del área rural del país vecino y también de Bolivia. Son  conocidos como golondrinas.

Según datos de la Organización de Naciones Unidades (ONU) el 7,74% de la población boliviana son emigrantes, es decir que hay 878.211 compatriotas viviendo fuera del país por diferentes motivos. El 52,62% son mujeres y el 47,37% varones. El primer país receptor es Argentina.

Este año, si bien el Gobierno argentino dictó una cuarentena total, el trabajo de las golondrinas quedo excluido para no parar el agro. Muchos de estos trabajadores  fueron abandonados por sus empleadores que no les proporcionaron alojamiento ni pasajes de retorno, como mandan los convenios en el vecino país. 

Al menos  400 temporeros quedaron varados tratando de llegar a Salta o Jujuy. Entre ellos estaban algunos bolivianos. “Algunos pasamos y otros aún están llegando a frontera  Tarija”, explica uno de los trabajadores estacionales que decidió retornar antes del cierre de las fronteras bolivianas. 

“La migración es bastante compleja y bastante diversa también. Cuando se trata de estos  trabajos estacionales, en faenas agrícolas, las personas que optan por ellos son los que también trabajan en la tierra acá en Bolivia. Son gente de Tarija, Cochabamba, Potosí, La Paz y  aunque hay del resto de los departamentos  estos son los que predominan. ”, señala Delia Colque, miembro de la Ni Una Migrante Menos.

Sostiene que se debe  tomar en cuenta que la mayoría de las personas  que salen del país para trabajar, se ven obligadas a migrar porque no encuentran fuentes laborales en Bolivia. “Tienen la necesidad de desplazarse y es hace que acepten trabajos mal pagados o en condiciones precarias”, indica.

Señala que en Argentina se verificó que en muchas ocasiones los temporeros acaban viviendo en cabañas que están dentro de los mismos cultivos donde son expuestos a pesticidas y otros químicos.  Pero, si bien el contar con un lugar donde vivir genera un ahorro, también implica jornadas laborales de hasta 14 o 16 horas.

“La presencia del coronavirus ha hecho más vulnerable la situación de todos los estacionales. Por la cuarentena muchos se van quedando  sin trabajo, no solo a los migrantes sino también a sus propios ciudadanos”, indica Colque.

 

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