Sergio Almaraz, el colegio que en el 71 buscó alumnos casa por casa

Fue fundado poco antes de la dictadura de Banzer. Su primera directora contó que el mayor reto fue conseguir que las niñas de la zona pasen clases.
sábado, 6 de noviembre de 2021 · 05:00

Luis Escobar  / La Paz

El colegio Sergio Almaraz de Villa San Antonio nació en 1971 con el objetivo de llevar la educación a los niños de  esta zona, que en ese entonces se  consideraba un lugar  alejado de la ciudad de La Paz. La entonces directora, Juana Santiago,  visitaba casa por casa y convencía a los padres para que manden  a sus hijos a clases, en especial a las niñas  que no tenían derecho a la instrucción.

Juana Santiago estudió Matemáticas en la Universidad  Complutense  de Madrid, una de las más grandes de su país. Se embarcó en una aventura –que sólo debía durar dos años– con las hermanas misioneras de Fe y Alegría. Eligió Bolivia, “uno de los países más pobres en ese entonces”, contó.

Ella y las misioneras llegaron a la ciudad de La Paz y en 1971 fundaron   el colegio Sergio Almaraz en  Villa San Antonio. Eligieron ese nombre en honor al defensor de los recursos naturales del país que falleció en 1968. Se debía cruzar el río para ingresar  hasta Villa Copacabana y  más arriba sólo quedaban plantaciones, cultivos de papa,  maíz, haba y otras verduras, además de un poco de ganado.

En ese lugar, instalaron el colegio para, primero, enseñar a leer y escribir a todas las personas de la zona. “Fuimos casa por casa y convencimos  a los padres para  que manden a sus hijos al colegio. Al inicio no traían a las mujeres, sólo a los hombres. Las niñas no tenían derecho a la educación y comenzamos un trabajo muy fuerte para cambiar esa lógica”, contó Juana Santiago, la primera y más antigua directora del establecimiento.

De 40 niños en cada curso,  tres eran niñas. Recordó que las mujeres sólo tenían la obligación de cuidar a sus hermanos  menores y a los animales de la familia.

Las visitas “casa por casa” continuaron,  pero Juana Santiago cambió de estrategia. En vacaciones de invierno se “llevaba” a cinco o seis niñas con ella para enseñarles a leer y escribir. “Eran muy inteligentes y rápidamente aprendían. Ingresaban luego  a los cursos. A los 10 años del colegio ya teníamos la mitad de niñas,  pero hicimos un trabajo arduo para llegar a este punto”, afirmó.

“Quería que los niños y niñas aprendieran las mismas tareas y obligaciones. (…) Teníamos una profesora, Ernestina, quien renunció diciendo que la directora (yo) quería que las niñas fueran como los hombres”, comentó.

Las docentes  en las instalaciones del colegio Sergio Almaraz, fundado en el año 1971.
Foto: Página Siete

Pese a que el colegio abrió  casi al inicio de la dictadura de Hugo Bánzer,  la exdirectora dijo que  el mayor reto fue que las niñas  estudien. “Fue una de las tareas más duras. Los padres no querían, tuvimos que convencerlos para que manden  a las niñas al colegio. Fue la lucha más grande en Villa San Antonio”, recordó.

Según la española, este problema ocurrió  en toda Bolivia, en especial en el área rural.  “Les decíamos: ‘Si no estudias, no podrás ser independiente y tendrás que depender siempre de tu marido’. Cada lunes, en la hora cívica, les decía que deben estudiar para ser independientes. Esa fue la lucha del colegio Sergio Almaraz, que las niñas sean independientes, luchen en la vida y elijan lo que quieran ser”.

En esos primeros años, el colegio se dedicó a  educar a personas de  todas las edades. “No sabían leer o escribir. En aquella época era muy bonito porque los padres y madres estaban dispuestos a traer a sus niños. Ellos venían con ellos”, comentó.

La dictadura

“En aquella época,  éramos un poco revolucionarios. Veníamos para   que la gente se prepare, se eduque y conozca sus derechos, además, para que las mujeres  accedan a la educación”, aseguró.

Al inicio, el  régimen militar no  molestó al colegio. Durante los primeros años, el Gobierno de facto  entregaba leche, arroz y otros productos para conquistar a la gente. Había   muchos perseguidos entre los campesinos.

“El gobierno de Banzer fue muy terrible. Había personas en Villa San Antonio que trabajaban en las minas”, dijo y recordó que una vez fue a ver  a la familia de unos mineros que estaban detenidos en  la cárcel de  Chonchocoro. “Los golpearon una barbaridad”, agregó.

“Como teníamos familias de mineros en la zona, los militares entraron una vez al colegio  para  ver qué había. Querían saber si teníamos escondidos a los mineros o a sus familias. Destruyeron todo. No ocultamos a nadie, pero pensaron que  se encontraban   dos madres cuyos maridos estaban en la cárcel”. Destruyeron  las aulas y  el  taller de carpintería.

La organización española Manos Unidas ayudó bastante en  la  construcción del establecimiento. Ahora, esta entidad presta su ayuda a África.

Al inicio, la directora presentó varios proyectos para construir las aulas, comprar muebles y equipos de forma gradual.  “No  teníamos ni baños, sólo contábamos con unos hoyitos. Nuestros niños no estaban acostumbrados a usar inodoros.  Cuando hicimos una batería de baños para los niños de  primero a cuarto medio, comencé a enseñarles a sentarse porque no sabían usarlos”, afirmó.

Luego, el colegio se dividió en dos: Sergio Almaraz se quedó con secundaria en las tardes y se designó las mañanas para  primaria.

Juana Santiago dirigió el establecimiento por 24 años. Asumió después la dirección departamental de Fe y Alegría por otras 14 gestiones más. Su aventura de dos años  duró 50 y se quedó a vivir en Bolivia. Tuvo dos hijos; uno está en Estados Unidos y la segunda se fue a estudiar a España.

Uno de  los estudiantes y la exdirectora Juana Santiago.
Foto: Página Siete

La anterior semana, el establecimiento cumplió 50 años. Su actual directora, Marleni Condori, dijo que el colegio Fe y Alegría se caracteriza por ayudar a las familias “más desprotegidas”. “Nace con esa misión de llegar a familias más empobrecidas, darles una educación de calidad para que tengan un mejor futuro”,  aseguró.

Fe y Alegría, según  la directora, apoya con la formación   de  docentes, estudiantes y padres. “El colegio tiene 50 generaciones y salieron muchos profesionales”, dijo.

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