Entre la calle y albergues, duro invierno para la gente sin hogar

Familias del interior y personas en situación calle hallan abrigo solidario en refugios ediles; otras deben evadir el frío y el virus sin un techo en el que cobijarse.
lunes, 5 de julio de 2021 · 05:24

Madeleyne Aguilar A. / La Paz

No hay estadísticas  oficiales, pero son cientos las personas en situación de calle que afrontan este  invierno en pandemia. Muchas -en especial mujeres y niños- hallan abrigo en albergues y en la solidaridad de voluntarios; no obstante otras  deben evadir el frío y el virus  sin tener un techo en el que cobijarse. 

 Después de horas en las calles intentando vender caramelos a transeúntes de  La Paz, una madre  camina por la avenida Montes con su hija pequeña en un brazo y, en el otro, la caja con su mercancía todavía bastante llena. Su hijo mayor camina por delante. Pese a que también ha trabajado todo el día, él tiene más energía. Su hogar está lejos y deben buscar un techo para pasar la fría noche de invierno.

Esta época es la más productiva para su  economía. Por eso, familias enteras se aventuran a alejarse de  sus comunidades para llegar a trabajar a la ciudad, al menos durante un par de meses.

Como esa madre, otras  personas en situación de calle encuentran refugio en una escuela y casas prefabricadas que, por el invierno,   fueron adaptadas para ser albergues. Voluntarios les brindan  comida y compañía; no obstante muchos otros ciudadanos deben sobrevivir solos y sin hogar.

 De acuerdo con un censo realizado en 2014 en 10 ciudades de Bolivia, al menos 3.768 personas viven en situación de calle; de ellos  unos 1.400 son niños y niñas. Sin embargo, no hay datos actuales sobre esta población y su situación en la pandemia.

Migrar para sobrevivir

Ubicado en la calle Batallón Illimani, el albergue  Unidad Educativa España fue habilitado por la Alcaldía   el 9 de junio y permanecerá abierto hasta el 15 de agosto. Tiene capacidad para 80 personas.  

La jefa municipal de albergues y casas de acogida, Wendy Reguerín, informa que el refugio colmó su capacidad los primeros días  con migrantes de áreas rurales pero esta semana   varios regresaron a sus comunidades para que los niños vuelvan a  clases.

“Ellos viven de una cosecha que se hace una vez al año, pero que está cada vez más afectada. Las papas son más pequeñas o agusanadas o llega la helada. Por eso,  vienen a la ciudad a  reunir dinero. Para ellos es cuestión de sobrevivencia, porque no quieren abandonar su lugar de origen”, explica.

Un hogar temporal

En el colegio España, funcionarios ediles sustituyeron los pupitres por colchones para convertir las aulas en dormitorios. En el patio se instaló una tienda como centro de pruebas para detectar covid. Y la puerta, un  punto de desinfección  y bioseguridad.

Con  tímida vocesita, la pequeña Noelia cuenta que llegó albergue junto su madre, Paulina,  el pasado martes desde Wataria (Potosí). “Me gusta estar aquí, ya no hace frío. Estamos jugando con las Cebras”, dice la niña de siete años.

 Detrás de ella un pequeño  tose; acaba de llegar y se cubre con una frazada. En cada habitación hay entre ocho y 10 personas.

Para Zulema Colque, una  potosina de 19 años, esta es su última noche en el albergue. Luego de descansar, a las siete de la mañana, emprenderá viaje  a Chayanta.

“Me enteré de este lugar (el albergue) porque una señora que también es de Potosí me trajo. Aquí la estoy pasando bien nomás, porque está haciendo frío en la calle. Nos han traído comida, frazada y ropita”, dice Zulema.

Maritza  es paceña y no tiene  hogar. Por eso, agradeció cuando una señora que la encontró en la calle tratando de sobrevivir  le informó del albergue. “Hay mucha gente que duerme en los cajeros, es peligroso, pero uno puede morir de frío”, comenta.

Abrigo solidario

    
Voluntarios de  grupos como Remar, Cambiar al mundo hoy, Ejército de Salvación y Sabor Argentino dan su apoyo al albergue. Algunos  llevan comida, otros dan terapias a  los adultos mayores.

“Remar significa rehabilitación y reinserción  de marginados. Es una obra social que comenzó en España hace 37 años”, explica uno de los voluntarios.  Celeste Rendón colabora como traductora, ya que la mayoría de los albergados solo habla quechua.

Entre ellos hay personas de toda edad, aunque la mayoría son niños de siete a 12 años. El menor del grupo es un bebé de tres meses que está con sus padres y la mayor,  una señora de 98 años.

 Conviven bajo un mismo techo, charlan  y realizan dinámicas, pero sobre todo descansan lejos del intenso frío. Recargan energía porque todos trabajan en el día.

Las puertas se abren a las 18:00. Para ingresar solo necesitan  carnet de identidad. Después de registrarse van a sus habitaciones, usualmente escogen la misma cada noche, así que ya conocen a sus compañeros de cuarto.

Al lado de su cama dejan sus pertenencias. Por ejemplo, la cajita de dulces de la madre potosina. “Nada se puede perder”.

La mayoría  de los que llegan albergue edil  son niños y mujeres
Foto:Carlos Sánchez /Página Siete

 Una noche en el albergue
 
Las Cebras, educadores urbanos municipales, también colaboran  organizando dinámicas, especialmente para los niños. La noche del pasado miércoles abordaron el tema de las  medidas de bioseguridad e higiene. 

Portando un cepillo de dientes enorme, una Cebrita explica la importancia de la higiene dental, jugando. Luego, con el mal ejemplo del burro, enseñan el uso correcto del barbijo. A los niños les gusta, a los adultos también, incluso la abuelita de 98 años se ríe.

La psicóloga del programa de Cebras, Cecilia Alarcón, explica que las educadoras urbanos son bien recibidas. “Traen al albergue cultura ciudadana y se comunican muy bien con todos”.  

A las 20:00, el personal municipal  llama a los acogidos al patio para recibir la cena que los voluntarios de Remar  prepararon.

Cuando todos están en fila,  les piden elevar una oración para agradecer por los alimentos. 

Con un plato de comida caliente en manos, vuelven a sus habitaciones. Mientras comen, algunos escuchan música típica.

Voluntarios  apoyan y acompañan a la población vulnerable.
Foto:Carlos Sánchez /Página Siete

A eso de las nueve de la noche, los trabajadores municipales dejan el refugio. Deben irse pronto o se les hará difícil encontrar transporte para llegar a sus casas. Debido a la pandemia no hay muchos buses durante la noche.

Guardias ediles se encargan de la seguridad nocturna. Al día siguiente, a las seis o siete de  la mañana, los albergados desayunan y vuelven a las calles.

Medidas contra el coronavirus

Ante la pandemia, se extreman las medidas de bioseguridad y se fumigan los ambientes periódicamente . Además, se ha habilitado un ambiente para aislamiento en caso algún caso de  Covid-19. 

Personal municipal de salud ha realizado pruebas a las personas que llegan al albergue. Desde la inauguración,  no ha habido ningún caso positivo.

Una persona  en situación de calle combate el frío en la ciudad de La Paz.
Foto:Freddy Barragán/ Página Siete.

“En caso de que hubiese un positivo tenemos un protocolo de aislamiento, si es leve.  También para que sea trasladado a algún centro de salud . Los médicos de la brigada móvil se encargan  de brindar apoyo en otros problemas de salud, como males intestinales”, señala la jefa edil  Reguerín.

Quienes quieran ayudar al albergue pueden hacer donaciones económicas, de ropa o alimentos. Los funcionarios advierten que las personas del interior no visten ropa distinta a la que dicta sus costumbres, pero sí agradecen buzos, chompas y frazadas.

Construyen casas para la población  en situación  calle

Hay personas para las que la situación de calle no es temporal. Para ellos, la Alcaldía paceña habilitó un albergue de invierno, con más medidas  seguridad. Además, en El Alto una ONG construye casas para darlas legalmente a familias que las necesitan.

El albergue edil  para personas en situación de calle está ubicado en  casas prefabricadas en la zona de Miraflores.  

 La vida sin un hogar es más dura durante la pandemia. 
Foto:Freddy Barragán/ Página Siete.

 “Hay reglas para que ellos no puedan ingresar. Una de ellos es que no pueden meter sustancias, ni  alcohol. No se permite el consumo”, dice la funcionaria Patricia Velasco.

Además, los acogidos deben respetar a la guardia municipal y al personal. Todos participan en la limpieza y preparación de los alimentos. El albergue cuenta con  un televisor, que usualmente usan para ver noticias.

Hasta ese lugar llegan personas de entre 19 y 58 años. La mayoría son varones. Son pocas las mujeres que piden ingresar al albergue.

“Hemos tenido solamente dos mujeres en este tiempo. Es más difícil que ellas vengan porque generalmente viven en comunidad. Es decir, en pareja  y no es parte de la política del programa tener habitaciones para parejas”, explica la encargada .

Ante la problemática de personas en situación calle, surgió la iniciativa de la ONG The Fuller Center for Housing. Desde el 2015, voluntarios colaboran en la construcción de  casas para las personas que las necesitan.

La organización está representada en Bolivia por Alex Aramayo Raña. Actualmente  tienen dos proyectos, uno en el departamento de La Paz, El Alto, en la localidad de Ventilla, y el otro en el departamento de Cochabamba, en la localidad de Mizque.

Los requisitos para obtener una casa son: certificación de Derechos Reales de que no se tiene vivienda propia, demostrar  fuente de ingresos y documentos como carnet de identidad y libreta familiar, “Además,  tener la firme convicción y deseo de cooperar”, explica el representante

Ya construyeron 95 casas en Bolivia. Aramayo adelanta que tienen proyectado llegar a 200 unidades en el proyecto inicial. Los beneficiarios  logran la tenencia legal de la vivienda. El terreno está inscrita en Derechos Reales

 

 

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