La vida de los descendientes de migrantes japoneses en Santa Cruz

Los nikkei resisten en torno a su idioma, cultura y cooperativismo

Sus abuelos llegaron en la década del 50 y ahora ellos ya forman parte del aparato productivo local y nacional. No dejan que el tiempo les aleje de sus tradiciones.

Sociedad
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Santa Cruz - lunes, 30 de mayo de 2022 - 5:00

A pesar de ser una población pequeña en Bolivia, la comunidad japonesa se mantiene cohesionada hace décadas alrededor de sus cooperativas, que les han permitido ser los principales productores de nuez de macadamia, coco, arroz, trigo y noni en el departamento de Santa Cruz. A la vez, esa organización interna les permite mantener un vínculo cultural y lingüístico con la tierra de sus antepasados.

Para el 2021, la población en las colonias japonesas Okinawa Uno, Okinawa Dos, Okinawa Tres y San Juan llegaba a 13.684 personas, entre bolivianos, japoneses y otros residentes, más hombres (51%) que mujeres (49%). En 2018, un censo de la Embajada del Japón identificó la presencia nikkei (emigrantes japoneses y sus descendientes) en siete departamentos del país en un número de 13.115 personas.

El primer ingreso de migrantes japoneses ocurrió en la época del caucho y como consecuencia de su presencia en Perú. Ellos (eran principalmente hombres) se asentaron entre La Paz, Beni y Pando. Entre los descendientes de esa generación están figuras como el literato Pedro Shimose o el pintor Tito Kuramotto.

En un segundo ingreso, familias completas llegaron después de la Segunda Guerra Mundial (1939 - 1945) y en el contexto de la Reforma Agraria, que se ejecutó en Bolivia en los años 50. El gobierno de entonces les dotó de tierras en Santa Cruz, en las provincias de Warnes e Ichilo.

“Nos cuentan los abuelos que decían: allá en el otro lado del mundo están dotando de a 50 hectáreas por familia para que puedan producir... Eso era el paraíso. Mi abuelo nos contaba que pensaban: allá nunca va a llegar la guerra”, recuerda Chiaki Kinjo, comunicadora especialista en gestión de conflictos asentada en Santa Cruz de la Sierra.

Los abuelos y padres de Katsumi Bani, primer alcalde de San Juan (2005-2010) y exsubprefecto de la provincia Ichilo, venían de Hokkaido, “una provincia que permanece casi mitad del año bajo nieve”. “Era llegar al paraíso, sufrieron también por los mosquitos, las lluvias y las enfermedades, pero lo mismo que sucede ahora a la propia migración boliviana cuando va a Pando: no hay escuelas, caminos y atención en salud”, dice.

Tras llegar después de tres meses en los barcos, también libraron su propia batalla, aunque esta vez contra la naturaleza de la región bordeada por el río Grande. En 1956 se registró una epidemia que afectó a las familias provenientes de Okinawa (Japón) y se dio el traslado de la población de Uruma a Palometillas por la afectación con inundaciones y sequía.

“Tuvieron que generar toda una organización y también empezar a identificar cuáles eran sus capacidades y potencialidades como para poder quedarse. Nunca se vinieron con la intención de irse”, dice Kinjo.

En parte, encontraron esa fortaleza en sus cooperativas fundadas en los años 50. La Cooperativa Agropecuaria Integral Colonias Okinawa (Caico RL) y la Cooperativa Agropecuaria Integral San Juan de Yapacaní (Caisy RL) agrupan, cada una, a más de un centenar de socios.

La dinámica alrededor de las cooperativas permitió, además, mantener población en las colonias, con la consiguiente reproducción de su cultura e idioma materno, aunque en sus municipios son minoría. Por ejemplo, el 98% de los habitantes de San Juan son bolivianos.

Las cooperativas de los nikkei han resistido además, pese a todo, la crisis de la economía local. “Dos tercios de los migrantes que llegaron a San Juan se fueron, solo un tercio se quedó y son los recursos humanos” en la comunidad, comenta Bani.

Los de su generación, que están entre los 40 y 50 años de edad, todavía incluyen en sus charlas la palabra posguerra, y se refieren a esa época como de lazos estrechos con las familias que se quedaron en Japón, así como con la tecnología y la producción cultural de ese país. A la vez, explica Bani, tuvieron la influencia de sus madres en la transmisión del idioma, la comida, el arte, la escritura, el ikebana, las celebraciones y rituales.

“Bolivia es una tierra bendecida, la puerta que fue abierta, el tesoro que se tiene”, afirma.

Los nikkei de ahora

“Somos la tercera generación, somos bolivianas, pero es un privilegio para nosotras tener esa mezcla cultural”, comenta Kinjo, quien pertenece a las familias que migraron por doble partida, pues salieron de las colonias para establecerse en la ciudad. Y la migración no solo fue a las ciudades, como ocurre con los bolivianos, muchos japoneses fueron a buscar suerte en Brasil y Argentina, dice Satoshi Higa Taira, de 56 años, secretario general de la Asociación Boliviana-Japonesa en Okinawa.

La comunidad nikkei tiene doble nacionalidad, habla dos idiomas, celebra fiestas de am-bos países y en general ha viajado por lo menos una vez a Japón.

Higa es un nikkei, está casado con una boliviana y vive en el municipio de Okinawa, aunque no es productor agrícola; se dedica a impulsar la educación y proyectos culturales desde la asociación y respalda el restaurante de su esposa.

“Ahora las familias de los japoneses están con uno o dos hijos, en los colegios, no hay tantos niños como antes. En la escuela donde enseñan japonés más de la mitad son mestizos, o sea de papá o mamá bolivianos. Obviamente hay algunos tabúes, algunas abuelitas no quieren matrimonios con bolivianos, pero en Santa Cruz hay muchos que tienen nombre japonés y hablan japonés, están acostumbrados a la vida en la ciudad y viven con bolivianos”, comenta Higa.

Bani explica que todavía “hay tendencia a casarse entre los mismos japoneses descendientes. Ahora hay más apertura, pero todavía es bastante cerrado para mantener la cultura”. Este volcarse a sí mismos, sin embargo, ocurre principalmente en las colonias agrícolas. En los últimos años tuvo impacto en las nuevas generaciones la cultura pop del manga, el anime, la moda y los juegos electrónicos.

Higa dice que sus hijos no tenían la costumbre de hablar japonés, así que decidió viajar por dos años al país de sus abuelos. “En cuestión de seis meses ya eran más japoneses que yo porque, usted sabe, los dibujos animados como el Pokemon, los anime, entonces aprendían rápido y hasta ahora (lo utilizan)”.

Kinjo considera que la valorización de los productos culturales asiáticos y japoneses en las últimas décadas está generando un estatus diferencial con base en la ascendencia nipona. “Antes se quería una rápida asimilación con la sociedad boliviana, pero ahora, al ver que eso tiene un valor para los descendientes japoneses, se está retomando la incorporación del idioma”.

Actualmente existen agrupaciones de nikkei jóvenes que podrían ser hijos de la generación de Kinjo, Higa y Bani. Ellos forman uniones regionales y globales que reinterpretan la música, la danza y expresiones, como los tambores de Okinawa, que son la herencia de sus ancestros.

Para Chiaki Kinjo aún falta desarrollar el aporte desde la fuerza y la mística de las mujeres, quienes participan tanto en la producción, en las cooperativas como en actividades culturales, pero no suelen figurar como presentes en esas actividades.

Katsumi Bani, por su parte, dice que aún hay mucho por hacer en la educación de las nuevas generaciones. Con base en su experiencia política de diez años al mando del municipio de San Juan, ya no hace distinción entre las necesidades educativas de los bolivianos y los nikkei.

La comunidad boliviana de nikkei incluye artistas, políticos y deportistas entre sus ciudadanos prominentes, y confía en que con el tiempo puedan emerger activistas y otros liderazgos desde la sociedad, que contribuyan a dejar su sello en la sociedad boliviana.

“Tuvieron que identificar sus capacidades como para poder quedarse. Nunca vinieron para irse”.
Chiaki Kinjo
13.115
emigrantes
japoneses y sus descendientes vivían en siete departa-
mentos del país hasta 2018.
“En la escuela donde enseñan japonés, más de la mitad son mestizos, de mamá o papá bolivianos”.
Katsumi Bani

Pocas personas, pero con muy buenos resultados

Las unidades de producción agropecuaria (UPA) de los japoneses ocupan el 0,15% de las hectáreas destinadas a ese fin en el departamento de Santa Cruz. 915 personas trabajan en 262 UPA en las colonias japonesas, ocupando 64.963 hectáreas, según información procesada por el Instituto Cruceño de Estadística (ICE).

Son pocos, pero eficientes, considerando que en cada UPA trabajan 3,5 en 250 hectáreas de tierra, según la misma fuente.

El municipio de Okinawa fue declarado por ley capital nacional del trigo y en 2001 comenzaron los trámites para declarar a San Juan como capital nacional del arroz.

La intención “no solo es hacer agricultura extensiva, sino con eficiencia y con un desarrollo sostenible, puede parecer farsante decirlo así, pero el sistema cooperativo es el caso patente. Aunque ha sido amenazado, siempre tuvo eso de ayudarse unos a otros”, dice Katsumi Bani, gerente de la cooperativa Caisy RL. Esto explica por qué entre los nikkei no existen grandes agroindustriales que hayan crecido individualmente, sino más bien emprendedores agrícolas que lograron abastecer el mercado boliviano de alimentos. Caisy, del municipio de San Juan, es la más grande productora de huevos del país y el trabajo de Caico logró que se declare al municipio de Okinawa como la capital nacional del trigo.

Para producir ocho tipos de productos destacados, 14.355 hectáreas están destinadas a la soya, 11.329 al arroz y 4.175 al trigo. Esa superficie significa el 1,1%, el 7,4% y el 5,5%, respectivamente, de la cantidad de tierra dispuesta en el departamento para producir.

Otro fuerte de los nikkei son las frutas. Producen el 82,5% de los quintales de la nuez de macadamia de Santa Cruz, el 54,6% de quintales de coco, el 33,3% de manga y el 23,3% de noni. También trabajaron en la ganadería.En promedio, cada UPA japonesa tiene 98 cabezas de ganado bovino, 27 de ganado porcino y 4.765 cabezas de ganado avícola. Ahora la Colonia Okinawa busca exportar sus productos a la Prefectura de Okinawa en Japón.

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